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© Kyle Bean

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© Kyle Bean

Acostumbrábamos a creer que el cerebro no podía modificarse. Ahora, en cambio, creemos que sí se puede, si lo deseamos lo suficiente. Pero, ¿acaso es cierto? Will Storr ilumina nuestro camino entre los hechos y la ficción.

Llevaba años intentando ser la madre y la esposa perfecta, pero ahora, divorciada, con dos hijos y una nueva ruptura a sus espaldas, su esperanza en el futuro flaqueaba. Se sentía un fracaso absoluto y ya no podía más. El 6 de junio de 2007, en Greensboro, Carolina del Norte, Debbie Hampton se tomó una sobredosis. Aquella tarde dejó una nota, escrita en su ordenador: "La vida se me ha dado tan mal que aquí no hay ya sitio para mí, ni tengo nada que contribuir". Después, subió las escaleras, entre lágrimas, y se sentó en la cama a escuchar un disco de Dido, mientras moría.

Pero volvió a despertar. La encontraron, la llevaron al hospital, y se salvó. "Me enfadé", cuenta ella. "Lo había hecho mal. Y, por si fuera poco, me había provocado daño cerebral". Tras una semana en coma, los médicos le habían dado a Debbie su diagnosis: encefalopatía. "Viene a ser un término genérico para cuando el cerebro no funciona bien", explica. Era incapaz de tragar o de controlar su vejiga, y sus manos no dejaban de temblar. La mayor parte del tiempo, no era capaz de entender lo que estaba viendo. Apenas podía hablar. "Lo único que conseguía era emitir sonidos", insiste. "Era como tener la boca llena de canicas. Era desconcertante, porque lo que salía por mi boca no tenía nada que ver con lo que yo escuchaba en mi cabeza". Comenzó a recuperarse, lentamente, tras una breve estancia en un centro de rehabilitación. Pero al año se estancó. "Vocalizaba despacio y arrastraba las palabras. No podía fiarme de mi mente, ni de mi memoria. Y no tenía fuerzas para llevar a cabo una vida normal. Un buen día, para mí, era conseguir vaciar el lavavajillas".

Por aquel entonces probó con un nuevo tratamiento conocido como neuroretroalimentación. Consistía en jugar a un sencillo juego, estilo Pac-Man, mientras monitorizaban su cerebro, controlando sus movimientos mediante la manipulación de sus ondas cerebrales. "Mi forma de hablar mejoró en tan solo diez sesiones". Pero la situación de Debbie no dio un auténtico giro hasta que leyó "El cerebro se cambia a sí mismo", el bestseller de Norman  Doidge, recomendación de su monitor en neuroretroalimentación. "Dios mío", dijo. "Por primera vez, algo me mostraba que mi cerebro podía curarse. No que fuera posible, sino que podía hacerlo yo misma".

Debbie puso en marcha, tras la lectura del libro de Doidge,  lo que a ella le gusta llamar su vida "cerebralmente sana". Esta incluye yoga, meditación, visualización, dieta y el mantenimiento de una actitud mental positiva. Debbie es, a día de hoy, copropietaria de un estudio de yoga, ha escrito su autobiografía, el manual "Vida cerebral sana" y dirige la web   thebestbrainpossible.com. Asegura que la neuroplasticidad le ha enseñado que "uno no tiene por qué conformarse con el cerebro que le ha tocado. Nacemos con unos genes concretos, pero el cerebro se adapta a lo que uno hace con su vida. Y es ahí donde está la magia". La neuroplasticidad, insiste, "nos permite cambiar de vida y hacer real nuestra felicidad. Puedes vencer donde antes solías perder. Es como un superpoder. Es como tener visión de rayos X".

La neuroplasticidad es la capacidad que tiene el cerebro para transformarse en respuesta a lo que ocurre en nuestro entorno, y Debbie no es su única entusiasta. La fe en sus virtudes está sorprendentemente extendida. Cualquier usuario inquieto, tras media hora en Google, estará al corriente de la "magia" de la neuroplasticidad, un descubrimiento científico que demuestra que nuestros cerebros no están ensamblados como ordenadores, tal y como suponíamos, sino que son más parecidos a la "plastilina" o a un "bizcocho pringoso de manteca". Esto significa que "nuestros pensamientos pueden modificar la estructura y la función del cerebro" y que realizando determinados ejercicios podemos, de hecho, aumentar "la fuerza, el tamaño y la densidad" de nuestro cerebro. Llamamos neuroplasticidad a una "serie de milagros que tienen lugar en el interior de nuestro cráneo". Gracias a ellos podríamos convertirnos en mejores vendedores, mejores atletas y aprender a disfrutar del sabor del brócoli. También podría servir para tratar nuestros trastornos alimenticios, prevenir el cáncer, reducir el riesgo de demencia en un 60 por ciento o ayudarnos a descubrir la "verdadera esencia de la paz y de la felicidad". Podemos enseñarnos lo que nos haga falta para ser felices y entrenar nuestro cerebro hasta hacernos "increíbles". No hay límite de edad: la neuroplasticidad demuestra que "nuestra mente está diseñada para mejorar según maduramos". Ni siquiera tiene por qué ser difícil. "Sólo con cambiar de ruta hacia el trabajo, hacer la compra en un supermercado distinto o utilizar tu mano no dominante para peinarte ya se incrementa tu capacidad cerebral". Tal y como asegura el célebre gurú de la medicina alternativa, Deepak Chopra, "la mayoría cree que el cerebro es quien manda. Nosotros decimos que somos nosotros quienes estamos al mando".

La historia de Debbie es un misterio. Las técnicas que prometen cambios en el cerebro a través de la comprensión de los principios de la neuroplasticidad, han tenido un evidente efecto positivo sobre ella. ¿Pero es la neuroplasticidad realmente un superpoder análogo a la visión por rayos X? ¿Somos realmente capaces de aumentar el peso de nuestro cerebro sólo a base de pensar? ¿Podemos reducir el riesgo de demencia en un 60%? ¿Amaríamos realmente el brócoli?

lgunas de estas preguntas pueden parecer tontas, pero otras no lo son en absoluto. Ahí reside el problema. Para un profano es complicado comprender en qué consiste la neuroplasticidad realmente, y cuál sería su verdadero potencial. "He podido ver unas exageraciones tremendas", cuenta Greg Downey,  antropólogo en la Universidad Macquarie y coautor de Neuroanthropology, un conocido blog. "La gente está tan entusiasmada con la neuroplasticidad que sería capaz de convencerse de cualquier cosa".

Durante mucho tiempo, lo habitual ha sido pensar que el cerebro humano no podía generar nuevas células una vez alcanzada la edad adulta. Tras la etapa de crecimiento entramos en un estado de declive neural. Es posible que esta opinión nunca haya sido más célebremente expresada que cuando lo hizo Santiago Ramón y Cajal, el fundador de la neurociencia moderna. En 1928, tras un temprano interés por la plasticidad, se volvió escéptico y escribió: "En los centros adultos, las vías nerviosas son algo fijo, acabado, inmutable. Todo puede morir, nada renacer. Será tarea de la ciencia del futuro refutar, si es posible, este duro decreto". Su pesimista pronóstico retumbó a lo largo y ancho del siglo XX.

Aunque la idea de que el cerebro adulto puede mostrar importantes cambios recibió una atención esporádica durante el pasado siglo, esta era más frecuentemente ignorada, como descubrió, en 1980, un joven psicólogo llamado Ian Robertson. Robertson acababa de comenzar a trabajar, en el Hospital Astley Ainslie de Edimburgo, con pacientes que habían sufrido una apoplejía, y no podía creer lo que veían sus ojos. "Era un recién llegado a la neurorehabilitación, un campo totalmente nuevo para mí", nos cuenta. En el hospital, veía a pacientes adultos recibir terapia ocupacional y fisioterapia. Y no podía dejar de pensar que, si habían sufrido un derrame cerebral, una parte de sus cerebros habría quedado destruida. Si una parte del cerebro ha quedado destruida, todo el mundo sabe que lo está para siempre. Entonces, ¿cómo era posible que mejorasen, con tanta frecuencia, a base de ejercicios físicos repetitivos? No tenía sentido. "No conseguía vislumbrar el patrón" , confiesa. "¿Qué base teórica justificaba toda aquella actividad?" La respuesta que obtuvo fue, en perspectiva, muy pesimista.

"Toda su filosofía era compensatoria", dice Robertson. "Creían que las terapias externas sólo servían para prevenir un hipotético mal futuro". En un momento dado, todavía desconcertado, pidió leer un manual que  explicara cómo funcionaba todo aquello. "Había un capítulo sobre sillas de ruedas, y otro sobre bastones", recuerda. "Pero no había nada, absolutamente nada, sobre que la terapia pudiera de alguna forma favorecer la reconexión física del cerebro. Esa actitud venía de lejos, como Cajal. Nadie hizo tanto por fomentar esa mentalidad como él, al afirmar que el cerebro adulto está cableado de forma definitiva, que uno no hace más que perder neuronas y que el daño cerebral no se cura, sino que, en el mejor de los casos, se sobrelleva.

Pero el pronóstico de Cajal también escondía un reto. Y no fue hasta la década de los sesenta cuando la "ciencia del futuro" pudo por fin comenzar a plantarle cara. El bestseller de Doidge cuenta de forma muy exhaustiva la historia de dos de aquellos testarudos pioneros, Paul Bach-y-Rita y Michael Merzenich. A Bach-y-Rita se le conoce, sobre todo, por su trabajo con ciegos, al ayudarles a 'ver' de un modo radicalmente distinto. En lugar de percibir información sobre el mundo a través de los ojos, él se preguntó si sería posible que la percibieran mediante vibraciones en la piel. Los sentaría en una silla, apoyando su espalda sobre un respaldo metálico. Presionando sobre este, dispondría 400 estimuladores para que vibrasen siguiendo los movimientos de un objeto. Los dispositivos de Bach-y-Rita se hicieron más sofisticados con el tiempo (el más reciente se posa sobre la lengua), y sus sujetos, congénitamente ciegos, comenzaron a describir la experiencia como "visión" en tres dimensiones. Hasta la implantación de las tecnologías de escaneado cerebral ningún científico había podido demostrar esa fantástica hipótesis: la información parecía estar siendo procesada en la corteza visual. Si bien esta hipótesis todavía no está confirmada del todo, sus cerebros podrían haberse recableado de forma eficaz y radical, en contra de todo pronóstico.

Mientras tanto, Merzenich, a finales de los sesenta, ayudó a confirmar que el cerebro posee 'mapas' del cuerpo y del mundo exterior, y que estos mapas pueden modificarse. A continuación, participó en el desarrollo del implante coclear, para restaurar la audición de las personas con sordera. Este implante se basa en el principio de plasticidad, porque el cerebro necesita adaptarse para recibir la información auditiva del implante artificial en lugar de la cóclea (ya que esta, en el caso de los sordos, no es funcional). En 1996 colaboró en el lanzamiento de Fast ForWord, una empresa comercial especializada en la producción de software educacional para "potenciar la capacidad cognitiva de los niños mediante el uso de ejercicios repetitivos que aprovechan la plasticidad para mejorar la función cerebral", tal y como puede leerse en su página web. Doidge escribe: "En algunos casos, personas cuyas vidas han estado plagadas de dificultades cognitivas, consiguen mejorar después de un tratamiento de entre treinta y sesenta horas".

Aunque les llevó varias décadas, Merzenich y Bach-y-Rita hicieron mucho por demostrar que tanto Cajal como la comunidad científica estaban equivocados. El cerebro adulto es moldeable. Es capaz de reconfigurarse, a veces de forma radical. Para expertos como Robertson, actualmente Director del Instituto de Neurociencia en el Trinity College de Dublín, esto fue toda una sorpresa. "Si hecho la vista atrás, a mis conferencias en la Universidad de Edimburgo, puedo verme divulgar información errónea a mis estudiantes, por basarme en dogmas que aseguraban que las neuronas, una vez muertas, no podían regenerarse, y que la plasticidad tiene lugar en la infancia, pero no más adelante", confiesa.

No fue hasta la publicación de una serie de estudios decisivos, con escáner cerebral, que esta nueva verdad comenzó a calar en la sinapsis colectiva. En 1995, el neuropsicólogo Thomas Elbert publicó su trabajo sobre músicos de cuerda. En él mostraba la diferencia en tamaño de los "mapas" cerebrales correspondientes a los dedos de la mano izquierda, la utilizada para el punteo, mucho más grandes en los músicos que en los ciudadanos de a pie, o incluso que la de sus propias manos derechas. Aquello demostraba que sus cerebros se habían reconfigurado como resultado de tantas y tantas horas de práctica. Tres años más tarde, un equipo sueco-estadounidense, encabezado por Peter Eriksson, del Hospital Universitario de Sahlgrenska, publicó un estudio en la revista Nature mostrando, por vez primera, que la neurogénesis - la creación de nuevas células cerebrales - era posible en adultos. En 2006, un equipo dirigido por Eleanor Maguire en el Instituto de Neurología del University College de Londres, descubrió que los taxistas de la ciudad tenían más materia gris, en una zona del hipocampo, que los conductores de autobús, producto de su increíble conocimiento del laberinto de calles londinense. "El cerebro se cambia a sí mismo" de Doidge, se publicó en 2007. En su reseña del libro, el New York Times proclamó: "El poder del pensamiento positivo ya tiene aval científico". Se vendieron más de un millón de ejemplares en más de 100 países. De repente, la neuroplasticidad estaba por todas partes.

Resulta sencillo, y quizás hasta divertido, mostrarse cínico al respecto. Pero la neuroplasticidad es algo verdaderamente notable. "Lo que sabemos, a ciencia cierta, es que casi todo lo que hacemos, todo nuestro comportamiento, todos nuestros pensamientos y emociones, reconfiguran nuestro cerebro de forma física, a base de cambios en nuestra química o función cerebral", asegura Robertson. "La neuroplasticidad es una constante en la misma esencia del comportamiento humano". Esta comprensión del potencial del cerebro, asegura, abre el camino a toda una serie de técnicas innovadoras con las que tratar un impresionante abanico de enfermedades. "No hay prácticamente ninguna enfermedad o lesión, creo yo, donde no exista potencial para la aplicación inteligente de estímulos conductuales al cerebro, posiblemente en combinación con otros estímulos".

¿Está de acuerdo con la afirmación de que el poder del pensamiento positivo ha conseguido su aval científico? "Si tuviera que dar una respuesta breve diría que sí", afirma. "Creo sinceramente que los seres humanos tienen mucho más control sobre su función cerebral de lo que se suponía hasta ahora". Si pudiera desarrollar más mi respuesta, también diría que sí, pero con ciertas reservas. Para empezar, el influjo de los genes es innegable. Por supuesto, le pregunto a Robertson, ¿conservan todavía una influencia global determinante, en todo, desde nuestra salud hasta nuestro carácter? "A ojo de buen cubero, yo diría que la proporción, en términos de influencia, es mitad y mitad entre lo innato y lo adquirido", responde. "Pero el hecho de que una de esas mitades sea ambiental, debería hacernos sentir muy optimistas."

Por si acaso el debate público no fuera ya suficientemente confuso, la propia palabra "neuroplasticidad" está sujeta a diferentes interpretaciones. En términos generales, tal y como explica Sarah-Jayne Blakemore, Directora Adjunta del Instituto de Neurociencia Cognitiva de Londres, se referiría a "la capacidad de adaptación del cerebro a los estímulos". Pero el cerebro puede adaptarse de muchas maneras. La neuroplasticidad también puede hacer referencia a cambios estructurales como el nacimiento o la muerte de neuronas, y el refuerzo, creación o destrucción de conexiones sinápticas. También puede hacer referencia a la reorganización funcional, como la experimentada por los pacientes ciegos de Paul Bach-y-Rita, después de que su dispositivo provocase el despertar de sus córtices visuales, inservibles hasta entonces.

Desde una perspectiva más amplia, la del desarrollo, existen dos categorías de neuroplasticidad. "Son muy diferentes", asegura Blakemore. "Hay que saber diferenciarlas". Durante la infancia nuestro cerebro atraviesa una fase de plasticidad en "espera de experiencia". El cerebro "espera" aprender ciertas cosas relevantes del entorno, como el lenguaje, en momentos concretos. Nuestros cerebros no cesan de desarrollarse de este modo hasta pasados los veinte años. "Esa es la razón por la que las primas de seguro son más altas para los menores de 25", aclara Robertson. "Hasta entonces, sus lóbulos frontales no están del todo conectados al resto. Todavía no disponen de toda su capacidad para anticipar riesgos y controlar impulsos". Luego está la plasticidad que "depende de la experiencia". "Es lo que el cerebro hace cada vez que aprendemos algo, o algo cambia en nuestro entorno", explica Blakemore.

Una de las formas en que lo científico ha sido exagerado, es la mezcla de estos dos tipos distintos de cambio. Algunos escritores han hecho como si todo pudiera considerarse 'neuroplasticidad' y por lo tanto mágico, revolucionario y noticiable. Lo que no es noticiable, por ejemplo, es que cuando somos jóvenes nuestro cerebro es muy susceptible de verse afectado por el entorno. A pesar de todo ello, en "El cerebro se cambia a sí mismo", Norman Doidge analiza la gran amalgama de intereses sexuales humanos y lo llama "plasticidad  sexual". La neurocientífica Sophie Scott, Directora Adjunta del Instituto de Neurociencia Cognitiva de Londres, lo pone en duda. "Más bien se trata del efecto de hacerse mayor sobre tu cerebro", discrepa. Doidge abusa de la neuroplasticidad hasta para explicar cambios culturales, como la amplia aceptación, en la edad moderna, de que nos casemos por amor en lugar de por interés socioeconómico. "Eso no tiene nada que ver con la neuroplasticidad", dice Scott.

La verdad sobre la neuroplasticidad es la siguiente: existe y funciona, pero no se trata de un descubrimiento milagroso que pueda traducirse en que, con algo de esfuerzo, pueda uno convertirse en amante del brócoli, corredor de maratones, inmune a la enfermedad o en un genio supermaravilloso. Aquí, la "pregunta relevante", asegura Chris McManus, catedrático de Psicología y Educación Médica en el University College de Londres, sería, "¿por qué está todo el mundo, científicos incluidos, deseando creer en todo esto?" Inquieto por las causas subyacentes a esta fiebre neuroplástica, él cree que no es más que la última versión del mito de la transformación personal, que tantas generaciones lleva acechando a la cultura occidental.

"La gente alberga todo tipo de sueños y fantasías, y creo que no se nos da muy bien conseguirlas", aclara McManus. "Pero nos gusta pensar que cuando alguien fracasa en la vida, no tiene más que  transformarse para alcanzar el éxito. Es cosa de Samuel Smiles, ¿no? Aquél libro suyo, "Autoayuda", fue el pensamiento positivo de la era victoriana".

A Samuel Smiles [Las cartas sobre la mesa: Samuel Smiles es mi tataratío abuelo] se le señala con frecuencia como inventor de la 'autoayuda', y su libro, tal y como hizo el de Doidge, tocó la fibra sensible de la población y se convirtió en un bestseller inesperado. La visión optimista de Smiles abarcaba desde el nuevo y moderno mundo hasta los sueños de los hombres y mujeres que vivían en él. "En el siglo XVIII, el poder era cosa de la aristocracia terrateniente", explica la historiadora Kate Williams. "Smiles escribía en plena era de la Revolución Industrial, en un Imperio que ofrecía educación y oportunidades económicas generalizadas. Era la primera vez que un hombre de clase media podía progresar a base de esfuerzo. Para tener éxito, hacía falta una formidable ética de trabajo, y eso es justo lo que Smiles describió en su "Autoayuda"".

A finales del siglo XIX, los pensadores de Estados Unidos se sirvieron de esa idea para proyectar su visión nacional de creación de un mundo nuevo. Los devotos del Nuevo Pensamiento, de la Ciencia Cristiana y de los movimientos de Sanación Metafísica, despojaron al discurso de todo lo referente al "trabajo duro" en que tanto insistían los británicos, para fundar el movimiento de pensamiento positivo que algunos piensan ha encontrado su legitimidad científica en la neuroplasticidad. El psicólogo William James lo llamó "el movimiento de la cura mental", la "creencia, por intuición, de que existe un poder que todo lo cura, basado en la mera actitud de mentalidad positiva, en la triunfante eficacia del coraje, la esperanza y la confianza, y el correspondiente desprecio por la duda, el miedo, la angustia y todos los estados anímicos de nerviosismo preventivo". Era esta la noción, inherentemente norteamericana, de que el optimismo y la autoconfianza - de que los pensamientos mismos - podrían brindarnos la salvación personal.

Este mito - el que afirma que podemos ser quienes queramos ser, y alcanzar nuestros sueños mientras tengamos suficiente confianza en nosotros mismos - aparece una y otra vez en nuestras novelas, películas y noticias, y en los concursos musicales de TV, de la mano de Simon Cowell, tanto como la fiebre inesperada por fenómenos como el de la neuroplasticidad. Una encarnación anterior, y notablemente similar, fue la Programación Neurolinguística, que sostenía que dolencias psicológicas como la depresión, no eran más que patrones aprendidos por el cerebro, y que el éxito y la felicidad eran tan sólo cuestión de reprogramación. El concepto llegó arropado con un disfraz más académico, como dice McManus, en lo que viene a ser conocido como el Modelo Estándar de las Ciencias Sociales. "Es una idea de los 90, según la cual, en efecto, todo comportamiento humano es infinitamente maleable y los genes no juegan ningún papel".

Pero los impulsores de la plasticidad tienen una respuesta para el espinoso tema de los genes y su gran influencia sobre todos los aspectos de la salud, la vida y el bienestar. Esa respuesta es la epigenética. Es una comprensión, relativamente nueva, de la forma en que el entorno puede modificar el modo en que se expresan los genes. Deepak Chopra afirma que la epigenética nos ha mostrado que, "al margen de los genes heredados de nuestros padres, los cambios de dinámica a este nivel nos permiten influir de forma casi ilimitada sobre nuestro destino".

Por su parte, Jonathan Mill, catedrático de epigenética en la Universidad de Exeter,  desestima este tipo de afirmaciones por considerarlas "palabrería". "Es un campo científico de lo más estimulante", asegura, "pero de ahí a afirmar que se puede reestructurar todo el cerebro y la función genética, eso es ir demasiado lejos ". Y no es sólo Chopra, añade. Los periódicos de gran tirada, y las revistas académicas, también se han dejado a veces arrastrar por el mito. "Se han dado todo tipo de titulares sorprendentes y excesivamente enfáticos. La gente que lleva mucho tiempo dedicada a la epigenética está, en la actualidad, al borde de la desesperación, en gran parte porque se les está utilizando como explicación para todo tipo de cuestiones sin un ápice de evidencia real y directa".

Así como la epigenética no cumple con nuestra promesa cultural de transformación personal, tampoco lo hace la neuroplasticidad. Incluso algunas de las afirmaciones más convincentes son, según Ian Robertson, actualmente injustificables. Tomemos, por ejemplo, la que asegura reducir el riesgo de demencia en un sesenta por ciento. "No hay ni un solo estudio científico que haya mostrado jamás ningún tipo de intervención capaz de reducir el riesgo de demencia en un 60%, ni en un 60 ni en ningún otro porcentaje", asegura. "Nadie ha llevado a cabo una investigación, con la metodología de grupos de control adecuada, capaz de demostrar que existe una relación causa-efecto".

En realidad, el historial clínico de muchos de los tratamientos más célebres que se ajustan a los principios de neuroplasticidad es notablemente contradictorio. En junio de 2015, la Food and Drug Administration de Estados Unidos permitió, haciendo mención al éxito de ciertos estudios,  la comercialización de la última generación de dispositivos de "visión con la lengua" de Bach-y-Rita. A pesar de que, en 2005, una revisión Cochrane de terapias de movimiento inducido por restricción - un tratamiento de referencia para los predicadores de la neuroplasticidad, que ofrece mejorías en la función motora tras una apoplejía - reveló que "sus beneficios no reducen su discapacidad de forma convincente". Un metaanálisis de las técnicas de aprendizaje Fast ForWord del Padrino Michael Merzenic, en 2011, descritas con emocionante efecto por Doidge, señaló la ausencia de "pruebas" que demostrasen su "eficacia como tratamiento para niños con dificultades de lectura o de lenguaje". Según Sophie Scott, esto va también por el resto de tratamientos. "Los paquetes de "entrenamiento cerebral" han causado un gran revuelo, y en realidad los estudios más ambiciosos tienden a mostrar que no son tan efectivos", confiesa. "O bien muestran que uno puede mejorar en aquello que practica, pero no que se pueda extrapolar a todo". En noviembre de 2005, un equipo dirigido por Clive Ballard en el King's College de Londres, encontró evidencias de que los juegos de "entrenamiento cerebral" pueden ayudar con el pensamiento racional, la concentración y la memoria, en mayores de 50 años.

Es fácilmente comprensible que la esperanza de la gente se dispare a veces, hasta niveles de locura, cuando leen historias de recuperaciones milagrosas en pacientes con lesiones cerebrales; gente que recupera la vista, la audición, o que vuelve a caminar y cosas por el estilo. Estos relatos dramáticos pueden hacernos pensar que cualquier cosa es posible. Pero lo que se describe, habitualmente, en estos casos, son formas muy específicas de neuroplasticidad - la reorganización funcional - que sólo puede suceder en ciertas circunstancias. "Sus límites son, en gran parte, arquitectónicos", explica Greg Downey. "A algunas partes del cerebro se les dan mejor determinados tipos de cosas, y esto viene, en parte, definido por el lugar donde están ubicadas".

Otro de los límites a los que se enfrenta cualquiera que aspire a desarrollar un superpoder, es el simple hecho de que cada una de las partes del cerebro ya está ocupada. "La razón por la que se da una reorganización después de, por ejemplo, una amputación, es que esa sección del córtex somatosensorial acaba de quedarse sin empleo", explica. Un cerebro sano, sencillamente, no tiene este tipo de parcelas libres. "La razón por la que no se puede entrenar al cerebro para que haga algo distinto a lo que ya hace, es que no se deja de utilizar para lo que hace. Ya está ocupado".

La edad también supone un problema. Según Downey, "con el tiempo, el plástico se asienta". "Al principio dispones de mayor cantidad, y su capacidad de movimiento se reduce poco a poco. Esa es la razón por la que una lesión cerebral a los 25 es totalmente distinta a una lesión cerebral a los siete. La plasticidad, al principio, te brinda un montón de potencial, pero lo vas gastando en un futuro que se vuelve cada vez más definido por lo que has venido haciendo".

Robertson nos habla de la vez que trató a un famoso escritor e historiador que había sufrido un derrame. "Había perdido toda capacidad de expresarse a través del lenguaje", cuenta. "No era capaz de decir una sola palabra, no podía escribir. Recibió una enorme cantidad de terapia y no existía estímulo suficiente que pudiese recuperar aquello; su cerebro estaba hiperespecializado; había desarrollado toda una red para la producción de una forma muy refinada de lenguaje". A pesar de lo que nuestras corrientes culturales insistan en hacernos creer, el cerebro no está hecho de plastilina. "No pueden abrirse zonas nuevas", sentencia McManus. "No puedes ampliarlo a partes diferentes. El cerebro no es un pegote de masa grisácea. No puede uno hacer lo que le de la gana".

Aquellos cuyas vidas están siendo transformadas por la neuroplasticidad también están descubriendo que cambiar el cerebro es cualquier cosa menos sencillo. Tomemos por ejemplo la recuperación tras una apoplejía. "Si pretendes recuperar el uso de un brazo, lo más probable es que tengas que mover ese brazo decenas de miles de veces, antes de que se establezcan vías neurales nuevas que se ocupen de ello", dice Downey. "Y, después, no hay garantía de que vaya a funcionar". Scott cuenta algo parecido sobre la terapia del habla y el lenguaje. "Hubo tiempos muy oscuros, digamos hace cincuenta años, cuando si sufrías un derrame no recibías mas tratamiento que evitar que te atragantases, porque estaba decidido que no funcionaba otra cosa. Pero ahora está absolutamente claro que sí lo hace, y es algo verdaderamente extraordinario. Lo cual no significa que sea gratis".

Los que se pasan en su entusiasmo por las disciplinas emergentes como la neuroplasticidad o la epigenética, son a menudo culpables de hacer parecer que los genes ya no tienen peso. Su entusiasmo podría hacernos pensar a los profanos que lo innato palidece ante lo adquirido. Este cuento atrae a una gran cantidad de público, de periódicos, de blogs y de gurús, porque es el relato que a nuestra cultura le gusta reforzar, un relato en el que nos gusta creer: que la transformación radical personal es posible, que tenemos el potencial para ser quienes queremos ser, sea lo que sea que queramos ser, que podemos alcanzar la felicidad, el éxito y la salvación, que lo único que tenemos que hacer es intentarlo. Somos soñadores hasta la sinapsis, somos los que sueñan el gran Sueño Americano.

Por supuesto, son nuestros maleables cerebros los que nos han moldeado al son de estos ritmos. Según vamos creciendo, los mitos optimistas de nuestra cultura se arraigan de tal forma en nuestra identidad que tendemos a olvidar que no son más que mitos. Lo más irónico de todo, es que cuando un científico describe en detalle la recuperación de la vista de un ciego, o de la audición de un sordo, nosotros lo percibimos como si de un milagro increíble se tratara, y la culpa es de nuestra neuroplasticidad.

Este artículo hace referencia al intento de suicidio de una persona. En el Reino Unido e Irlanda, los Samaritanos están disponibles 24 horas al día, todos los días del año, para escuchar y brindar apoyo confidencial a todo aquel que se sienta afectado por cualquier causa. Puede comunicarse con ellos por teléfono en el 08457 909090, por email vía [email protected], o buscar los datos de contacto de su sucursal local. Si estás interesado en hacerte voluntario, puedes encontrar más información aquí.

Para aquellos que residan fuera del Reino Unido e Irlanda, Befrienders Worldwide puede serles de ayuda.

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