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© Thomas Albdorf at Webber 

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Una ola de casos de cáncer en zonas rurales sembraba el desconcierto entre la comunidad médica italiana, hasta que establecieron una la relación con el vertido de residuos industriales por parte de las mafias locales. Ian Birrell nos habla de sus trágicas consecuencias.

Días antes de que yo lo visitara, un niño de once años había sido admitido en el descuidado Hospital de Santa Ana y San Sebastián, en Caserta, aquejado de dolores de cabeza. Los médicos se temieron lo peor y, tras un rápido diagnóstico, se encontraron con otro caso de cáncer infantil entre las manos. Algunos de estos pacientes, tan jóvenes, llegan muertos de dolor, otros, desconcertados por sus constantes caídas; no saben que tienen la cabeza llena de tumores letales. El goteo no cesa, se presentan con cáncer en la sangre, en los huesos, en la vejiga. Hay tantos que los hospitales de Campania, una zona rural al sur de Italia, no dan a basto.

Era pronto para aventurar un pronóstico para el niño con cáncer cerebral, demasiado como para poder reconfortar de verdad a su angustiada familia. En esta ciudad los médicos se topaban rara vez con un niño con cáncer, y mucho menos con cáncer cerebral, pero ahora los casos no cesan, aparece cerca de uno al mes. Mueren demasiados niños, algunos recién salidos del vientre de sus madres, ya plagados de enfermedades. También están las mujeres, extrañamente jóvenes para sus cánceres de mama, los hombres, con cáncer de pulmón a pesar de nunca haber fumado y los niños con síndrome de Down, a pesar de la relativamente corta edad de sus madres.

¿Por qué pasan estas cosas al norte de Nápoles, en la zona conocida como "el Triángulo de la Muerte"? Según los vecinos, lo más probable es que la respuesta se encuentre en algún lugar como el que visité junto a un vigoroso trabajador social de 57 años llamado Enzo Tosti, la antigua cantera a tres millas de la histórica ciudad de Maddaloni. Mientras nos dirigíamos allí, Tosti me confesó que estaba recibiendo tratamiento para contrarrestar el alto nivel de dioxinas que habían detectado hacía cinco meses en su flujo sanguíneo. "Mi mujer trabaja de radióloga en el hospital y está muy preocupada", me cuenta. "Pensé en mudarme a otro sitio por razones de salud pero, ¿a dónde iba yo a ir? Esta es mi tierra".

El largo día de lluvia nos había dejado un atardecer esplendoroso y el sol, dorado, se derrumbaba en el cielo tintado de lavanda. Dejamos la carretera principal y pasamos junto a un huerto de naranjos que da paso a cultivos frescos de judías. Resulta fácil empatizar con su apego a esta impresionante zona de Italia, una de las tierras más fértiles de Europa gracias a las erupciones volcánicas del Vesubio, hacia el sur. Pero a pesar de tanta belleza natural, lo que está a punto de enseñarme no puede ser más deprimente.

Tan pronto salimos del coche, Tosti se cubre la boca con la mano y me insta a darme prisa. Hay basura por todas partes; sacos de plástico, cubos de pintura y botellas de vidrio cubren el terreno. Franqueo con torpeza la superficie irregular; el suelo está lleno de agujeros y grietas, mientras intento mantener el ritmo de mi guía. Un agrio hedor químico nos golpea al descender una pendiente y veo una pequeña columna de humo filtrarse de la tierra. Tosti esquiva mis preguntas. "Mejor lo hablamos en el coche", insiste. "Vayámonos de aquí".

Mientras conduce me explica cómo la mafia vertió allí grandes cantidades de residuos industriales tóxicos y cómo después, de la nada, obtuvieron un permiso retroactivo para sus acciones. Allí estaban todos aquellos materiales peligrosos, en mitad de unas excelentes tierras de cultivo, junto a un concesionario, salas de bingo y tiendas de muebles justo abajo, en la misma carretera, a unos cientos de metros de una ciudad de 39.000 personas. Hace 18 meses que comenzó la investigación criminal que busca aclarar el incidente, pero los vecinos no albergan esperanzas de ver ninguna condena.

No se trata, ni de lejos, de un incidente aislado. Existen miles de vertederos similares en esta antaño paradisíaca zona de Italia: en canales y cuevas, en canteras y pozos, bajo campos y colinas, bajo carreteras y fincas. Según declaró un soplón de la mafia, las prósperas empresas del norte estuvieron pagando a la mafia durante años para que se deshicieran de sus residuos tóxicos de forma ilegal. Buscaban evitar así las tasas que han de pagarse por gestionarlos de forma segura. Y así fue cómo la Camorra, la organización criminal que opera en la Campania, contaminó gran parte de su propio patio trasero, cubriendo el paisaje de metales pesados, disolventes y compuestos clorados. Según las pruebas: se enterraron bidones, se vertieron contenedores en los ríos, se escondieron materiales peligrosos entre la basura doméstica, se esparció lodo químico por el campo como si se tratara de "abono" y se quemó amianto a cielo abierto. Sólo ahora empezamos a ver claramente cuál es el trágico legado de la estupidez de la mafia.

Resulta sencillo culpar a unos gángsters de la probable muerte de miles de personas, pero el asunto de los vertidos ilegales tiñe toda Italia. Las acusaciones de complicidad del estado, de encubrimiento por parte de policías, políticos y fiscales, revelan la cara más siniestra del capitalismo. Un capo de la mafia llegó a denunciar que a los vertederos de Campania se traían hasta camiones cargados de residuos nucleares de Alemania. A pesar de que en la actualidad esto ya no ocurre aquí, el mundo entero debería tomar nota, sobre todo porque desde el próspero Occidente se hace la vista gorda a actividades similares en países pobres. La comunidad médica y científica considera que esta contaminación del paisaje italiano es el perfecto experimento "exposómico", el innovador estudio de los efectos sobre la salud de la exposición ambiental a los productos químicos nocivos de la contaminación.

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El origen de esta saga podría remontarse al devastador terremoto que tuvo lugar en Italia en noviembre de 1980, dejando tras de sí casi 3.000 muertos y 280.000 personas sin hogar. Se recibieron miles de millones de euros en ayudas, si bien la mayoría terminaron en los bolsillos equivocados. La reconstrucción de carreteras y edificios incrementó los beneficios de la mafia, que dominaba el gremio de la región por aquel entonces, una forma estupenda de blanquear el dinero de la droga y la prostitución. Con el dinero entrando a raudales, los clanes ampliaron sus intereses a nuevas áreas de negocio como las canteras, en busca de materia prima. Fue entonces cuando un emprendedor abogado con vínculos mafiosos, a la sazón dueño de varios vertederos, cayó en la cuenta del dinero que podría ganarse haciendo desaparecer residuos industriales entre la basura doméstica. Eran los últimos años 80 y la mafia expandía sus actividades a una nueva y lucrativa área de negocio.

Los agricultores no tardaron en observar extraños incidentes en el campo y en los bosques. Recibieron un nuevo fertilizante líquido, tan potente que corroía los tanques de metal, se filtraba de las cisternas y atrofiaba las plantas. Hasta el día en que un funcionario forestal de Brescia le pasó una muestra al joven periodista Enrico Fontana: "mira lo que le están dando a la gente para que esparza por sus campos de cultivo". El reportero tuvo que retroceder ante el hedor amargo: era cianuro. En 1990, Fontana, publicó dos reportajes en L'Espresso, un importante semanario informativo, revelando que el crimen organizado vertía materiales peligrosos en campos y vertederos.

Poco a poco iban emergiendo las pruebas que respaldaban sus acusaciones. En Nápoles, Nunzio Perrella, un soplón de la mafia, confesó ante investigadores todo lo que había que saber sobre la nueva vía de comercio del crimen organizado, provocando decenas de detenciones de delincuentes y funcionarios corruptos en marzo de 1993. A pesar de todo no tardaron mucho en soltarlos. Esto no impidió que Fontana - ahora investigador en Legambiente, un grupo ecologista - publicase el informe "Basura S.L.", denunciando que quienes traficaban ahora con residuos ilegales en otros lugares de Italia eran los mismos. Esto provocó un clamor popular, una comisión parlamentaria y que las zonas contaminadas de la Campania se declararan zonas oficialmente degradadas.

"Pensamos que lo habíamos logrado. Que nuestra labor había terminado", me cuenta Fontana con una mueca de tristeza, mientras tomamos un café al sol frente a la sede de Legambiente en Roma. "Pero no pasó nada. Nada. No se nos ocurrió conectar el vertido legal con el ilegal. Porque aunque era evidente que aquello era malo para la tierra su efecto sobre la salud todavía era imperceptible; sus secuelas no se hacen evidentes de inmediato".

Fontana acuñó el término 'eco-mafia' y comenzó una serie de informes anuales sobre sus actividades. Él desconocía, por aquel entonces, que habían tenido lugar dos importantes novedades. La primera, que un oficial de policía de la Campania llamado Roberto Mancini se había topado con la auténtica magnitud de las nuevas actividades de la mafia al descubrir que enmascaraban los desechos tóxicos del norte industrial entre los residuos domésticos de los vertederos. Lo destapó en un informe para sus superiores que detallaba sus averiguaciones. Pero el informe fue enterrado y Mancini trasladado a Roma. Una cruel ironía hizo que Mancini muriera de cáncer hace un par de años, malogrando su carrera tras los intentos de salvar a miles de personas de seguir su misma suerte.

Más tarde llegó el caso de Carmine Schiavone, uno de los soplones más importantes de la historia de Italia. Schiavone era el cabecilla del célebre clan de los Casalesi, en Nápoles, y confesó haber perdido la cuenta de los que habían muerto asesinados por orden suya. Su incendiario testimonio destapó la corrupción política generalizada y puso a 16 capos criminales entre rejas de por vida, tras un juicio que se prolongó durante años y dejó cinco testigos muertos. Schiavone afirmó que, si había roto el código de silencio de la mafia, fue por su preocupación por el medio ambiente. Las revelaciones más devastadoras las hizo en Roma, frente a un comité parlamentario sobre vertidos de residuos tóxicos, en 1997 - y se mantuvieron en secreto durante casi 17 años.

"Estamos hablando de millones de toneladas", confesó Schiavone, que incluso aseguraba haber enterrado residuos nucleares alemanes en la Campania. "Yo sabía que la gente estaba condenada a morir". Ante la comisión describió operaciones de vertido en mitad de la noche, custodiadas por hombres uniformados y con la complicidad de funcionarios policiales, políticos y empresarios. Aquel delator desveló los lugares de vertido a las autoridades porque predecía, con sorprendente exactitud, que los vecinos de la zona comenzarían "a morir de cáncer en unos veinte años".

Todo este negocio clandestino no era más que un efecto secundario de la evasión de impuestos, en un país con uno de los índices más altos de evasión de Europa occidental. Las empresas que maquillaban sus ingresos tenían que esconder su volumen de actividades, o lo que es lo mismo, hacer desaparecer enormes cantidades de residuos. Para el cambio de siglo, tantas cosas se vertían en la Campania que no resultaba sencillo esconderlas entre la basura, así que empezaron a quemarlas. Los camiones llegaban de noche, descargaban sus residuos y a continuación empezaban los incendios, hasta 6.300 veces al año en un momento dado. Los vecinos sellaban sus puertas con toallas mojadas para escapar del hedor. La zona empezó a ser conocida como 'la Tierra del Fuego'.

El fuego intensificaba los daños ambientales y propagaba las secuelas sanitarias. Los médicos no tardaron en observar un aumento en defectos de nacimiento y casos de cáncer sobre el que discutían, desconcertados, a la hora del almuerzo. Entre ellos se encontraba Alfredo Mazza, un napolitano jovial que disfruta del tira y afloja de las campañas políticas y que, por aquel entonces, realizaba sus prácticas de cardiología. "Estaba enfermando mucha gente", recuerda. "Conocía a alguno de los enfermos del colegio, algunos de mis amigos murieron, se moría mucha gente de la zona. La gente me decía: eres médico y de aquí - tienes que tomar partido".

Mazza pidió los datos sobre el cáncer a las autoridades sanitarias, específicamente los de una región oriental de Campania con altos niveles de vertidos. Tras analizarlos, creyó haber encontrado evidencias que vinculaban la degradación ambiental con el aumento en la incidencia de tumores. La mortalidad masculina por cáncer de hígado y vejiga en aquel distrito rural era, por ejemplo, dos veces la media nacional, y la mortalidad femenina por cáncer de hígado tres veces superior a la media en Italia. Mientras los avances en diagnósticos y tratamiento hacían crecer las tasas de supervivencia en todas partes, allí los médicos observaban un aumento de la mortalidad y pacientes cada vez más jóvenes. "El asunto de la edad era algo serio", explica. "El cáncer es más bien cosa de gente mayor, pero aquí se nos morían los jóvenes".

La fiscal local desoyó las peticiones de acción del joven y combativo doctor, a pesar de los alarmantes datos. Así que recurrió a The Lancet, quienes publicaron su emblemático reportaje en septiembre de 2004, el primero de toda una serie sobre la Tierra del Fuego. El artículo provocó un auténtico escándalo que alimentó las protestas vecinales contra la construcción de un nuevo incinerador, y aunque no suscitó reacción alguna por parte de las autoridades sí que hizo, tal y como le confesó un amigo que trabajaba en los servicios de inteligencia, que comenzaran a vigilarlo por "agitador".

En la actualidad, Mazza es asesor cardiólogo. Posteriormente ha publicado una serie de estudios sobre los efectos de los residuos peligrosos sobre la salud. Admite que los vínculos precisos entre materiales tóxicos, tumores y malformaciones congénitas son imposibles de probar. Pero cree que hasta ahora no han podido ver la verdadera magnitud de las consecuencias sobre la salud. "Vivimos en el Triángulo de la Muerte. Esta zona ha sufrido daños terribles durante mucho tiempo. Y sin embargo, todavía desconocemos el número de las zonas afectadas, cuán malo es el daño, o lo que va a durar".

Dos años tras la publicación de su artículo en The Lancet, las historias de delincuentes que cruzan Italia para verter en los ríos sus camiones llenos de residuos tóxicos, o enterrar contenedores contaminados bajo los cultivos, se hicieron mucho más visibles con la publicación de 'Gomorra', el libro revelación del periodista Roberto Saviano sobre la mafia. Entre sus 6 millones de lectores se encontraba el oncólogo de Nápoles Antonio Marfella, desconcertado hacía tiempo por el creciente número y la decreciente edad de sus pacientes. Era consciente de estar ante un fenómeno global, pero la velocidad de los cambios en la Campania le resultaba alarmante.

Marfella era consultor jefe, un alto cargo, de la Fundación G Pascale de Nápoles, un hospital con 235 camas y el único centro de cáncer de la región. Asegura que el aumento de casos comenzó con el cambio de siglo, cuando la edad media de los pacientes bajo de 60 a menos de 40 años. Los casos de cáncer de huesos, antaño muy raros, se volvieron de repente comunes en los niños, y la edad de la mayoría de las pacientes con cáncer de mama cayó por debajo de 40, la edad justa a la que se recomienda empezar con las revisiones en Italia. "Somos una ciudad costera, no industrial, y es como si estuviéramos viviendo en una de las peores zonas industrializadas del mundo", comenta.

Nápoles era famosa por su pésima gestión de residuos desde hacía tiempo; sus vertederos siempre se saturaban extrañamente rápido. De hecho, en el 2007, según Marfella iba pasando las páginas del libro, los vecinos tomaban las calles en protesta por el hedor de las basuras que se pudrían bajo el sol del verano. Así fue cómo este consultor de pelo cano comenzó a comprender lo que estaba pasando a su alrededor: "Se me abrieron los ojos a cosas que no podían ser verdad", cuenta. "Sabíamos que estaban gestionando mal los residuos domésticos, pero no teníamos ni idea de que la Camorra hubiera trasladado su habitual rango de actividades del tráfico de drogas y la prostitución a los residuos peligrosos".

En la cercana ciudad de Acerra, se habían visto casos de ovejas muertas y deformes. Y entonces se presentó en el hospital el pastor de aquel rebaño, con 50 años y una leucemia tan agresiva que los médicos no pudieron determinar cuál había sido su punto de origen; un mes más tarde había muerto. Su hija pidió que se le hicieran pruebas al cadáver y estas revelaron niveles inusualmente altos de dioxinas. Cuando se descubrió que las ovejas habían sido testadas hasta cuatro veces con resultados igual de alarmantes, inició una demanda por daños y perjuicios.

Marfella dio pruebas periciales en el juicio, y esto le instó a pedir audiencia, en enero de 2008, ante el Parlamento italiano para debatir sobre la situación. "Allí expliqué que en estas zonas agrícolas se daban los mismos niveles de toxinas que en las zonas industriales, lo que resultaba paradójico. Dije que era como si se hubieran convertido en terrenos post-industriales, y sugerí una hipótesis, en la que yo creía, sacada de 'Gomorra'". Así que a su regreso a Roma fue degradado por "alarmista", una decisión que le ha costado miles de euros al año en ingresos perdidos.

Fue por aquel entonces cuando Anna Magri, una vendedora de coches de 39 años, dio a luz a su segundo hijo, Ricardo. El día en que Anna y yo nos conocemos, los zapatitos del niño estan expuestos junto a su foto sobre una cómoda, en su impoluto piso en un pueblo cerca de Caserta. El bebé murió poco antes de su segundo cumpleaños, habiendo pasado la mayor parte de su corta vida luchando contra la leucemia que le descubrieron a los seis meses. "Creíamos que lloraba todo el tiempo porque le iban a salir los dientes. Yo le daba de mamar, pero sin poder tomarlo en brazos porque se ponía a llorar. Sentía tanto dolor", recuerda su madre.

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Anna gestó su embarazo durante la crisis de basuras del 2007, y recuerda ver flotar por encima de su pueblo las columnas de espeso humo negro que brotaban de los vertederos incendiados, en una colina cercana. "Entonces no sabíamos nada de los residuos tóxicos porque aún no habían salido en las noticias", aclara. "Se veían hogueras por todas partes, pero sólo ahora sé de qué se trataba. Estoy convencida de que su muerte fue culpa de los residuos tóxicos quemados, de todos aquellos vertidos ilegales".

Nunca se podrá demostrar si su hijo recibió un mal revés del destino o si su muerte fue provocada por algo más siniestro. Al menos un estudio ha mostrado niveles de dioxinas más altos en la leche de las madres de la zona más perjudicada que en la de las madres de zonas colindantes. Otras investigaciones han encontrado concentraciones preocupantes de dioxinas y bifenilos policlorados (PCB) en la leche de origen animal, incluso en la de los búfalos responsables del famoso queso mozzarella de la región. Los PCB son compuestos sintéticos que antaño se utilizaban en muchos productos eléctricos y que ahora están prohibidos en muchos países debido a ciertas reservas sobre su impacto ambiental o sobre la salud.

Le pregunto a Anna su opinión acerca de los matones que ella considera que acabaron con la vida de su hijo, gente con la que se cruza a diario por la calle. "Son unos idiotas, ellos también viven aquí, como lo hacen sus hijos". Y aún así esta desconcertante historia va mucho más allá de la estupidez de unos cuantos delincuentes codiciosos. En el mejor de los casos el propio estado italiano es culpable de una grotesca y mortal incompetencia, en el peor, de asesinato con encubrimiento y asociación ilícita con industriales adinerados que buscaban evadir impuestos, lo que podría haber provocado la muerte de al menos 2.000 personas hasta la fecha, según un reciente estudio oficial.

En la Campania, en 2004, el número de vertederos duplicaba con creces el de toda la región septentrional de Lombardía; cuatro años más tarde este número se había vuelto a duplicar. La hogueras ardían mientras las autoridades miraban hacia otro lado. Un pediatra me muestra un mapa de los microvertederos, cada uno marcado con un punto negro. Están todos visiblemente agrupados en el Triángulo de la Muerte, en las cercanías de Acerra, Marigliano y Nola. Luego me muestra otro, con puntos rojos que indican los casos de cáncer cerebral infantil; al superponerlos casi todos coinciden, en la misma zona pequeña de la región.

Y esta, es la verdadera dimensión del escándalo que está saliendo a la luz ahora. Parte de culpa la tiene la campaña de un sacerdote local, el Padre Maurizio Patriciello, una antiguo enfermero que escribe para el periódico del obispado italiano y que disfruta de agitar los ánimos en las redes sociales. Una cálida noche de junio de 2012, en la que el humo y la peste de los desechos químicos no le permitían conciliar el sueño, se metió en Facebook a preguntar, a las tres de la mañana, si alguien más estaba sufriendo lo mismo. Para las seis tenía ya más de un millar de respuestas procedentes de los pueblos vecinos, así que lo llevó ante su obispo y le exigió una respuesta.

El día en que nos conocemos en su iglesia, en una finca sombría, este elocuente sacerdote de pelo plateado me dice: "las familias de aquí están aterrorizadas". Mientras tanto, un grupo de hombres con capucha nos observa atentamente desde el otro lado de las pesadas puertas de hierro. "Saben perfectamente que todavía hoy mucha gente sigue enferma. Gente que tiene que ir a tratarse al norte porque los hospitales de aquí están abarrotados. Si una mujer pide una mamografía tardan tres meses en hacérsela, pero si esperas tanto puede ser demasiado tarde".

Patriciello ha ayudado a padres como Anna a asociarse en grupos de protesta, ha presionado a políticos en Roma, escrito artículos polémicos, organizado grandes marchas y se ha unido a los activistas que envían fotografías de madres con sus hijos muertos al Papa y al presidente italiano. Ha llegado incluso a conocer a Schiavone antes de que el soplón muriera hace dos años, "un viejo insignificante de pelo blanco". Patriciello afirma que el gángster le confesó sus crímenes, pero que insistía en que los peores delincuentes son los industriales relacionados con la mafia, pues sabían el devastador efecto que tendrían sus actos. Es difícil no estar de acuerdo.

Hace dos años saltó la noticia de que la Marina de los Estados Unidos, cuyo mando europeo tiene su base en Nápoles, había realizado su propio estudio del aire, del suelo y del agua; un estudio de tres años de duración y 30 millones de dólares invertidos. Testaron cientos de lugares preocupantes o contaminados, localizaron altos niveles de 'riesgos inaceptables para la salud' en pozos privados, y niveles preocupantes de uranio en el 5% de las muestras. Descubrieron que no existía impacto sobre el personal militar, pero delimitaron tres zonas vetadas cerca de su base, prohibieron el agua del grifo y se aconsejó a la tropa evitar los pisos de planta baja, donde el riesgo de inhalación de contaminantes es máximo.

Gracias a los activistas y a las cuantiosas multas de la Unión Europea, por su inacción frente al vertido ilegal de residuos, los políticos de Italia se han puesto finalmente en marcha. Se ha prohibido la agricultura en algunos de los terrenos contaminados. En 2014, el Parlamento creó un régimen especial para la Tierra del Fuego que prohíbe la quema de residuos, además de facilitar fondos extra para la detección del cáncer y la promoción de la salud pública en la región. El Parlamento también ha ordenado al Instituto Nacional de Salud reunir todos los datos epidemiológicos disponibles. Un estudio anterior de la institución había establecido una correlación entre los residuos peligrosos y problemas de salud como el cáncer y las malformaciones congénitas, pero no una causa directa.

Los resultados de la investigación, en la que se contabilizan la mortalidad, la incidencia de cáncer y las hospitalizaciones en 55 municipios, aparecieron a principios de este año y son devastadores: la esperanza de vida en la Campania es dos años menor que en el resto del país. Las tasas de mortalidad masculina en el Triángulo de la Muerte son un 10% superiores que en otros lugares de la región, y un 13% las de las mujeres. En estas bucólicas zonas rurales se dan más casos de cáncer que en el más contaminado de los complejos industriales. En Nápoles existe un aumento del 17% en cánceres del sistema nervioso central en niños menores de 14 años y un 51% de incremento en los niños de menos de un año; por su fisiología, los bebés son especialmente vulnerables a la contaminación ambiental.

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"No es que los residuos tóxicos expliquen cada uno de los casos, pero si que podemos observar un patrón evidente", asegura Pietro Comba, uno de los autores de un informe que culpa directamente a los vertidos ilegales y la quema incontrolada de residuos. "Encontramos señales concretas en los cánceres de estómago, hígado y pulmón, además del cáncer de mama en mujeres. Y es significativo que estos incrementos no sean uniformes en toda la región. En muchos municipios no se supera la norma, mientras que en otros se rebasa con creces".

Incluso a pesar de los sorprendentes hallazgos, todavía no puede establecerse una prueba de causa, tan solo de correlación. Pero sí que se suman al creciente conjunto de pruebas global que vincula la salud con la contaminación: existen pruebas irrefutables de daños oculares y del sistema nervioso central provocados por el vertido de desechos tóxicos en Abidján, Costa de Marfil, en 2006, como también hay estudios sobre vertederos de residuos contaminados en países asiáticos y en EE.UU. que complican el correcto desarrollo cognitivo. Tal y como explica Comba, es mucho más difícil determinar lo que causa un tumor en el cerebro de un niño que establecer una relación entre el amianto y el mesotelioma. "Tenemos pruebas muy poderosas, pero no podemos afirmar con total certeza que un residuo tóxico concreto provoque cáncer infantil".

Lenta pero segura, Italia se ha puesto en marcha para limpiar estos vertederos y aclarar un escándalo trágico, si bien todavía son pocos los imputados y los activistas no están convencidos de que los principales responsables vayan a pagar por sus crímenes. "Esta gente nunca irá a juicio porque son hombres de negocios importantes", asegura Marzia Caccioppoli, una costurera de 40 años cuyo único hijo murió hace tres años a causa de un cáncer típico de la exposición a la radiación en adultos. "Han envenenado nuestra tierra y nos han robado a nuestros hijos".

Los empresarios ya no pagan a la mafia para que esconda sus productos químicos peligrosos bajo el pasto de los búfalos de la Campania, pero los ricos países del norte y las multinacionales siguen vertiendo sus deshechos químicos, eléctricos e industriales en los países más pobres. Podríamos llamarlo "colonialismo tóxico"; controles puntuales han descubierto que uno de cada tres contenedores que abandona la Unión Europea contiene deshechos electrónicos ilegales, por poner un ejemplo. El creciente conjunto de pruebas, por no hablar del sentido común más básico, debería forzar a las empresas involucradas a tomar conciencia de las consecuencias que desmontar cableado pueden tener sobre los niños, o que tamizar desechos en lugares como Filipinas, Nigeria y Ghana tendrán sobre sus padres.

Cuando visité el Hospital de Santa Ana y San Sebastián en Caserta, lugar donde se ha diagnosticado el caso más reciente de tumor cerebral infantil, conocí a un devoto pediatra llamado Gaetano Rivezzi. Nacido en un pueblo a once kilómetros de distancia, fue él quien me mostró el perturbador mapa de los casos de cáncer infantil, superpuesto al de los lugares de vertido. "Antes esto era el paraíso - se podían cultivar miles de cosas. Pero entonces los sacerdotes empezaron a acumular funerales infantiles y los médicos comenzaron a preocuparse", recuerda.

Rivezzi me dijo que llevaba tres décadas ejerciendo. "La Campania es un laboratorio en el que analizar la relación entre el medio ambiente y la salud. El daño no se puede deshacer, pero es importante que aprendamos de él", insiste. "Cuando yo empecé, un niño con cáncer era algo muy poco frecuente. Pero ya no; no aquí. Los tumores son diferentes, las enfermedades son diferentes, la patología es diferente. Y puedes encontrar lo mismo en África, ahora, allí donde la contaminación esté causando estragos".

Hace bien en insistir en que hay que aprender de este escándalo, y del rastro de muerte y devastación que ha dejado a su paso, en una de las zonas más hermosas de Europa. Es una cicatriz en toda Italia, no sólo en los campos, colinas y aguas de Campania. Aunque quizás la verdadera tragedia sea en realidad que los delincuentes, en cualquiera de sus formas, parecen indiferentes a las consecuencias de estos actos, y continúan jugando a su ruleta de muerte, vertiendo residuos tóxicos por todo el mundo.

Fotografía adicional de R Lane

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