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Gimnasia en Brasil: un experimento de mil millones de dólares

¿Puede un ambicioso proyecto de 4.000 gimnasios vencer las desigualdades y combatir los problemas de salud del país? por Catherine de Lange

La iglesia baptista en el distrito de Arthur Lundgren se asienta sobre una colina que domina Recife, una metrópolis del noreste de Brasil en constante crecimiento. Apenas amanece cuando la gente comienza a amontonarse y los habitantes de la zona buscan donde pueden un lugar en la calle empedrada y en las estrechas aceras. El aire sopla caliente a pesar de la  hora: es 13 de junio, en pleno verano brasileño. Las mujeres cuelgan sus bolsos en la verja de la iglesia. Cuando la congregación está lista y cada uno ha encontrado su sitio, todos se vuelven hacia el frente y elevan las manos al cielo. Luego se doblan para tocarse los dedos de los pies.

Durante casi una hora, los habitantes de este barrio se estirarán, harán equilibrios y sudarán. Es difícil localizar a la instructora entre el gentío, apretujada entre el muro de la iglesia y una mini furgoneta aparcada allí: su voz incorpórea va pautando los ejercicios por sobre la multitud. Los niños, los padres, los abuelos –la mayoría en pantalón corto de lycra y deportivas- se reúnen cinco días a la semana, pero no para rezar sino para ejercitarse.

Esta es solo una de las miles de clases que se celebran a la vez por todo Brasil, mañana y tarde. Es parte de un enfoque audaz que ha convencido a los funcionarios del gobierno de la necesidad de invertir más de mil millones de dólares para que cualquiera, en cualquier ciudad de este país, el quinto más grande del mundo, pueda hacer ejercicio regularmente de forma gratuita y segura.

La obesidad es uno de los grandes problemas de salud pública a escala mundial, y los encargados de tomar decisiones han empezado a darse cuenta de que el ejercicio podría muy bien ser la mejor medicina. Pero es un tratamiento que se le niega a mucha gente.

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Pedro Hallal era un estudiante tímido de doctorado en el sur de Brasil. Hasta que un día de 2003 lo invitaron, casi por casualidad, a una reunión de alto nivel en la capital, Brasilia. Era un mundo desconocido para él. “Entré en la sala y allí estaban todos aquellos tipos encorbatados. Yo no tendría más de 22 años. Me sentí muy intimidado”.

La lista de delegados incluía expertos en nutrición y tabaquismo, y representantes de los ministerios de salud, educación y deporte. Se debatió sobre inactividad física, algo que ya se veía como un vínculo entre algunas enfermedades crónicas graves, hasta entonces más propias de las naciones ricas: diabetes, dolencias cardiacas, obesidad. El Ministerio de Salud necesitaba que los expertos le aclararan una cosa: ¿qué hacer para que la gente se mueva?

En los años treinta, aproximadamente la mitad de las muertes en Brasil se debía a enfermedades infecciosas. En 2007, ese porcentaje se había reducido a un 10%. Durante el mismo período, el número de muertes causadas por enfermedades cardiovasculares se había triplicado hasta un 31%. En 2008, casi la mitad de los hombres en Brasil padecía sobrepeso.

Los problemas de salud derivados de la inactividad afectan ya a una gran parte del mundo desarrollado. La falta de ejercicio es vista como uno de los grandes problemas de salud pública del siglo veintiuno. En 2012, un estudio aparecido en la publicación médica Lancet logró una gran repercusión al mostrar que la inactividad causa más muertes al año que el tabaco, especialmente a través de ciertas enfermedades crónicas, como las dolencias cardiacas, la diabetes o el cáncer. Otro estudio demostró que basta caminar a buen paso entre 15 y 30 minutos diarios para que la esperanza de vida de una persona inactiva aumente entre 3 y 5 años.

Durante hora y media, Hallal permaneció sentado en silencio en la sala, mientras los funcionarios deliberaban sobre lo que a su juicio era la mejor solución: una campaña publicitaria en televisión acerca de los beneficios del ejercicio.

Pero él sabía que eso no era lo mejor. Levantó la mano. Estaban equivocados, dijo. La idea de su campaña presuponía que la gente no se daba cuenta de que la inactividad es mala para su salud. Pero eso no era cierto.

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Lo normal es pensar que Brasil es el último lugar en la tierra que necesita ponerse en forma. Hasta cierto punto, el país conocido por el culto al cuerpo, las estrellas de fútbol, los bikinis y el voley playa, cumple con las expectativas.

A las cinco de la mañana, ya hay gente recorriendo a paso ligero el paseo marítimo de los mejores barrios de Recife, y hasta bien entrada la noche, se juegan por todo el país partidos de fútbol en campos iluminados. En el centro de las grandes ciudades brasileñas hay siempre a mano un gimnasio privado, abierto las 24 horas.

Sin embargo, detrás de esta fachada de preocupación por la salud, hay un contraste muy marcado: los ricos priorizan el ejercicio en su tiempo libre, pero los que tienen pocos medios cada vez están más inactivos. Más del 10% de los brasileños vive con dos dólares al día, pese a tratarse del quinto país del mundo en número de multimillonarios. El 1% más rico de la población posee la misma riqueza que el 50% más pobre.

Mucho se ha hablado de los intentos del gobierno por adecentar las favelas que rodean Río de Janeiro, ante la inminencia de los dos eventos deportivos más importantes, el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos de 2016, pero la desigualdad persiste. El contraste entre los barrios opulentos de Río y las favelas es seguramente uno de los más extremos del país, pero la desigualdad  se extiende por todas partes.

“Si ves las noticas pensarás que Brasil es el mejor país del mundo. No lo es”, dice Hallal. “Brasil sigue teniendo problemas. menos evidentes, menos visibles que antes. Todavía hay pobreza y todavía hay violencia”.

Una y otra son barreras para el ejercicio. Un estudio realizado en Estados Unidos demuestra que los ingresos son un obstáculo considerable a la hora de hacer ejercicio. En los hogares con ingresos inferiores a los 40.000 dólares solo un 49% de los niños practicaba deporte activamente, en comparación con el 73% de los nacidos en hogares con ingresos superiores a los 80.000 dólares.

Al contrario de los se pueden pagar las cuotas en clubes deportivos y gimnasios, la gente pobre no tiene tiempo ni dinero. Según un estudio del propio Hallal, el agotamiento y la falta de dinero son las principales razones que alega la gente para justificar su nula actividad física. A menudo hay que hacer largos desplazamientos para ir a trabajar, y para cuando uno llega a casa, salir a hacer ejercicio por el barrio no es una opción: en Brasil muchas calles son inseguras y están mal iluminadas. La mayoría de los barrios más pobres ni siquiera están pavimentados, todo un obstáculo hasta para un ejercicio tan sencillo como pueda ser caminar.

“Si te fijas en el gasto de energía total, el de los pobres es mayor, pero no es algo que elijan, no es voluntario”, dice Hallal. A veces la gente va caminando al trabajo porque no hay otra opción, o también ocurre que sus trabajos son muy exigentes físicamente. Por otro lado, dice, “la gente rica hace ejercicio porque quiere o porque piensa que es importante”.

Estos patrones están variando. En la última década, la economía emergente del país y la Bolsa Familia, un sistema de bienestar que concede subsidios a las familias pobres, ha sacado de la pobreza a 50 millones de brasileños. Con nuevas oportunidades económicas, los que pueden permitírselo dejan atrás el trabajo físico y buscan profesiones más sedentarias. También hacen menos desgaste al desplazarse. “Cuando los pobres consiguen algo de dinero, lo primero que hacen es comprar una moto o un coche”, dice Hallal.

Los efectos sobre la salud empiezan a ser visibles. Un poco de dinero extra trae muchos más problemas de salud, dice Braulio Cesar, científico de la Faculdade Estácio de Alagoas en Maceio, en el sur de Recife, que ha estado trabajando en iniciativas para animar a los brasileños más pobres a hacer ejercicio. Las familias que dependen de los subsidios de la Bolsa Familia están engordando, dice. Al tener más dinero, la gente accede más fácilmente a los alimentos, los coches, la tecnología –ordenadores-, y hace menos ejercicio. También es más barato comer peor, porque los alimentos procesados ricos en grasas y azúcares son por lo general más baratos que la comida fresca. Si se considera que la dieta brasileña suele ser alta en grasas –a menudo se consume carne en cada comida- poco puede sorprender el hecho de que hayan aumentado la hipertensión, la diabetes, el cáncer, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares.

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Map of Brazil health gyms

Academias da saúde are up and running in 22 of Brazil’s 27 states.

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El movimiento Academia da Saúde (“gimnasio para la salud”) puesto en marcha por Hallal, se creó oficialmente en 2011. Pero su origen se remonta a comienzos de los ochenta y a otro Pedro, el profesor de educación física Pedro Iva Silveira, en Recife.

La idea de Silveira era llevar instructores a las calles a las horas en que la gente tiene tiempo para practicar actividades de ocio: antes y después del trabajo. Hasta entonces, la palabra “academias” estaba asociada a los más ricos, los que podían permitirse pagar las cuotas de los centros de fitness privados. Pero la idea de Silveira llegaría a ser conocida como la “academia da cidade”: el gimnasio de la ciudad, del pueblo.

En 1983, la iniciativa de Silveira se concretó en cuatro lugares de Recife. Los preparadores físicos profesionales llegaban y dirigían los ejercicios –gratuitos- y daban consejos sobre salud a los miembros de la comunidad. “Fue un éxito inmediato entre la gente”, dice Eduardo Simoes, de la Universidad de Missouri, que hizo una evaluación de las academias para los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) en Estados Unidos.

Aunque la idea era popular, lo era a pequeña escala, y la falta de respaldo político supuso que se apagara casi por completo: en dos de los barrios los habitantes decidieron mantener el programa pagando ellos mismos a los instructores.

Pedro Hallal era entonces solo un crío. Hijo de un médico y una trabajadora social especializada en la atención a niños con síndrome de Down, dedicarse a la atención sanitaria parecía la opción más lógica para él (incluso sus dos hermanas son doctoras). Sin embargo el joven Pedro tenía otras ambiciones. Criado en Pelotas, una ciudad del sur de Brasil fronteriza con Uruguay, su sueño era ser futbolista. Y tenía buenas perspectivas: llegó a jugar a nivel nacional,  incluso contra Ronaldinho, doble ganador del premio de la FIFA al mejor futbolista del año. “Tenemos vídeos jugando”, recuerda Hallal, que todavía hoy es conocido entre sus amigos, familiares y colegas como “Pedrinho”. También brilló como tenista, llegando a jugar también a nivel nacional. “Siempre he sido un deportista”, dice.

Pero cuando hizo una prueba en el Flamengo, uno de los clubes de fútbol más importantes de Río, Hallal no dio el nivel suficiente. El plan B, algo difuso, era estudiar educación física y hacerse entrenador de fútbol. Así que, como la mayoría de los estudiantes brasileños, se quedó en casa y acudió a la universidad local, la Universidad Federal de Pelotas. Pero después de algunos estudios en fisiología del ejercicio y en historia del deporte, la ciencia despertó su interés y continuó con un doctorado en epidemiología. “Y la conexión entre la educación física y la epidemiología es la actividad física y la salud”, dice. Así acabó en aquella reunión crucial en Brasilia.

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Todas las miradas se volvieron hacia aquel joven que levantaba la mano. Hallal escogió sus palabras con cuidado, acompañando sus argumentos con pruebas.

Su equipo de investigación acababa de realizar un estudio, dijo. Preguntados sobre si el ejercicio era bueno para la salud, el 99% de los consultados respondió que sí. El 90% era consciente de que la inactividad puede aumentar el riesgo de hipertensión, y más del 75% sabía que podía causar diabetes. “Estas conclusiones daban a entender que el conocimiento no es, definitivamente, el mayor obstáculo para que la gente haga ejercicio”.

Más que decirle a la gente que haga ejercicio, Hallal cree que cualquier campaña de salud pública que aspire al éxito tiene que presentarlo como algo divertido y beneficioso. “No queremos que algo esté bien ni decirle a la gente lo que debe hacer”, dice. Más bien, el ejercicio tiene que ser una elección que cualquiera pueda hacer. Y se empieza permitiendo a la gente tener acceso al ejercicio.

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Atardece cuando nos detenemos en una plaza del distrito Buriti en Recife. La clase de gimnasia está en su apogeo. La plaza está situada a un lado de un carril de doble sentido, y el ritmo de la música compite con las sirenas mientras los coches de policía pasan zumbando a la hora de más tráfico. Dos instructores dirigen la clase y organizan un circuito complejo: una cuarta parte de los participantes está haciendo aerobic, otra cuarta parte hace flexiones y sentadillas. El resto corre alrededor de la plaza o entrena con pesas hechas con botellas de arena. A pesar de la mezcla de edades en la clase, el ritmo y la intensidad son muy altos. Sobre todo, parece muy divertido.

Como muchas de las academias, esta se levanta en una plaza al aire libre (algunas de las academias son cubiertas, dependiendo del clima local). En el centro hay un área de cemento lo bastante grande como para celebrar las clases. Los asistentes van de los 20 a los 60. Las clases tienen lugar dos veces por la mañana y dos por la tarde, para que la gente pueda asistir fuera del horario de trabajo y para evitar las horas de más calor en verano. Muchos de los participantes con los que hablé habían decidido incorporarse cuando pasaban por allí.

En el perímetro están los aparatos de gimnasia, todos sencillos: bancos para hacer abdominales con distintas inclinaciones, barras fijas y cosas así. Están todos fijados al suelo y son de cemento y metal. La esperanza es que los aparatos, que se quedan allí después de las horas de clase, animen a otros residentes de la zona –gente que normalmente no va a las clases- a participar. Es la ventaja de que los gimnasios sean estructuras permanentes y no solo lugares para celebrar clases organizadas en la calle.

Siempre parece haber gente usando estos aparatos, hombres sobre todo. Pero las clases a las que asisto están compuestas principalmente de mujeres. Eso es bueno –dice Hallal-: los usuarios más habituales son mujeres con pocos recursos económicos, “exactamente las que más necesitan esto”. Las cifras oficiales demuestran que por lo general son los hombres jóvenes y ricos los que más ejercicio hacen. Hay niños, los hijos de las mujeres en clase, jugando por allí o imitando a sus mayores. Los adolescentes dan vueltas en bicicleta. La atmósfera está cargada en la plaza iluminada.

No tiene nada que ver con lo que era hace dos años, dice María De Penha, una residente de la zona. “No podías venir a caminar por aquí sin arriesgarte a que te atracaran”. Viene cinco días a la semana y se acercaría también los fines de semana si hubiera clases. Pero no se le habría pasado por la cabeza venir a este sitio antes de que existiera la academia.

“Cuando se instalaron los gimnasios urbanos, la gente empezó a usar las instalaciones y los traficantes se sintieron intimidados y se fueron”, dice Hallal. En Recife hay varios ejemplos de este reciclaje comunitario. En algunas áreas peligrosas, la policía ha aceptado cooperar con los organizadores de las academias y hacerse visible en las áreas menos aconsejables durante las horas de clase, aumentando así la seguridad.

Para las academias la seguridad es vital. “Teniendo en cuenta que la mayoría de la gente trabaja por la mañana y por la tarde, si quieres hacer ejercicio en el barrio tiene que ser al atardecer”, asegura, “y es entonces cuando la seguridad importa más”. Ese sigue siendo uno de los grandes problemas de Brasil. Según cifras de la OCDE, un 8% de los habitantes de Brasil dice haber sido víctima de un atraco en el último año, casi el doble de la media mundial.

El programa tiene todavía algunos problemas con la violencia y el crimen: gente que intenta forzar la entrada de las salas de aparatos, vandalismo. En algunos de los barrios más pobres el peligro nocturno obliga a reducir las sesiones de gimnasia. “A partir de las nueve, la gente se queda en casa”, me dicen. Después de esa hora existe el riesgo de que traficantes y borrachos ocupen las zonas de los gimnasios.

Pero los miembros de la academia y el personal parecen muy relajados. Rildo de Souza Júnior Wanderley, un estudiante de doctorado que lleva las academias en Recife, solía trabajar como instructor en un área especialmente violenta. Dice que el hecho de que los instructores tengan estudios universitarios y sean conocidos profesionales de la salud les hace ser muy respetados. “La gente nunca robaría a un profesional de la salud”, dice. Él se aseguraba de llevar siempre una camiseta de la universidad.

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En 2010, tras ser elegido, el nuevo Secretario de Salud en Aracaju, una ciudad costera a unas horas de Recife, declaró que cerraría todas las academias de la zona y dedicaría el dinero de la inversión a otra cosa. En el plazo de 48 horas hubo tantas quejas a través de la radio y los medios locales que tuvo que retractarse.

“Ya sospechábamos que significaban mucho para la gente, pero desde ese día sabíamos que ya no cerrarían”, dice Braulio Cesar, que pasó siete años en la Universidad Federal de Sergipe en Aracaju poniendo en marcha y evaluando el programa de academias de la ciudad.

En Recife, la primera ciudad brasileña que permite a sus habitantes votar sobre las inversiones del gobierno local, el programa fue elegido durante tres años seguidos como la principal prioridad. “Fue increíble”, dice Eduardo Simoes. “Un programa de promoción de la salud elegido entre las tres grandes prioridades, junto a las emergencias médicas y la educación… Nunca se había oído nada igual. El programa toca la fibra sensible de la gente”.

Lo que de verdad convence a los políticos y las entidades financieras son las pruebas. Por eso un equipo internacional que incluye a Simoes – en el CDC- y a Hallal–en el Ministerio de Salud de Brasil -, viene valorando los programas bajo el paraguas del proyecto GUIA (Guía para las intervenciones útiles en actividades físicas en Brasil y Latinoamérica). La evaluación de las primeras ciudades que acogieron las academias prueba hasta qué punto los efectos del programa han calado entre la gente. Los tres estudios dirigidos en Recife hasta el momento han dado resultados positivos. Las encuestas telefónicas realizadas entre 2009 y 2011 demostraron que la proporción de adultos que decía no hacer ninguna actividad física había bajado del 16% al 14%.

En Aracaju, otra evaluación probó que los que participaban en las academias tenían trece veces más posibilidades de llegar al nivel recomendado de actividad que aquellos que no lo hacían. Esto demuestra que el programa obliga a hacer ejercicio a la gente que de otro modo no lo haría. Según los resultados del estudio, el mero hecho de tener noticia de las academias –no digamos ya si se participa en ellas- parece aumentar en un 60% las probabilidades de que una persona alcance los niveles recomendados de actividad física. Quizá lo más sorprendente de todo sea que el efecto es contagioso: la gente que no ha oído hablar de las academias tiene, si vive en un entorno donde las hay, el doble de posibilidades de ser físicamente activa que la gente que no vive allí.

Los resultados más concluyentes los ofrecen las últimas evaluaciones realizadas por la GUIA. En ellas se comparan no solo barrios dentro de la misma ciudad sino ciudades que tienen academias y ciudades similares que no las tienen. Los resultados se publicarán pronto, pero confirman las conclusiones anteriores. “Cuanto más expuesta está una comunidad al programa, más ejercicio hace: no solo los propios usuarios sino todos los que están involucrados de algún modo”, dice Simoes. La gente que ve el programa en acción, u oye hablar de él a sus parientes o a sus vecinos, termina haciendo más ejercicio del que haría en caso contrario, incluso si esa gente no participa en el programa.

Los gimnasios están también vinculados a los centros locales de salud, y ofrecen asesoramiento a la gente cuando se matricula y una evaluación continua. A los que tienen hipertensión o sobrepeso se les da una cita por la vía rápida para algún centro de salud, lo que hace aún más populares estos programas, según Simoes. Y es que la cobertura sanitaria es muy escasa para aquellos que solo pueden permitirse los servicios de salud pública del país.

Investigadores de la universidad de Aracaju han hecho notar también que los usuarios del programa consumen menos medicamentos, al tiempo que disfrutan de otros beneficios evidentes para la salud, como la pérdida de peso. Y más allá de las ventajas para la salud física, la propia naturaleza del ejercicio –al aire libre y en grupo- hace sentir a menudo a los participantes una inmensa mejoría en su bienestar mental y en su percepción de su salud: se sienten bien. Jessica Juliana, que asiste a la academia Alto de Capitao en Recife, cuenta que en un principio se apuntó para mejorar su estado físico, pero que ha aumentado mucho su autoestima. Otro atractivo para ella y para muchos otros participantes es la variedad de las clases, que incluyen artes marciales, aerobic y baile, en un continuo cambio de una sesión a otra.

Jessica Juliana lleva tres meses asistiendo a la academia. La gente va a las academias una media de dos años, aunque algunos solo asisten durante un curso. Pero incluso aquellos que abandonan el ejercicio formal de las clases tienen muchas probabilidades de seguir ejercitándose luego. Ese es uno de los grandes retos, dice I-Min Lee, catedrático de epidemiología en la Escuela de Salud Pública de Harvard. “Creo que el problema está en mantener el interés. Ya sabemos que los seres humanos somos muy caprichosos: algo nos llama la atención, y si no se renueva, deja de interesarnos. Estas clases cambian para mantenerse siempre nuevas”.

Pero el verdadero éxito de las academias radica en el hecho de que la gente hace amigos y se apoya entre sí. Jessica dice que ella se ve como una persona tímida, pero las clases le han dado la oportunidad de encontrarse con otros y la confianza para conocerlos mejor. En Brasil hay estudios que demuestran que la gente que disfruta de un cierto respaldo social –familia, amigos, vecinos- hace más ejercicio. Los resultados coinciden con los de otro estudio llevado a cabo en Estados Unidos. En él se prueba que la gente que camina a menudo para hacer ejercicio suele gozar de un mayor respaldo social que la gente que camina menos o nada.

No es una coincidencia que el elemento comunitario sea clave en esta iniciativa, dice Hallal. “¿Qué hace que algunos hagan ejercicio y otros no? Sabemos que el entorno social importa mucho. Familiares y amigos que te apoyan y te animan a hacer cosas con ellos: si tienes una buena red de relaciones sociales serás más activo. También sabemos que algunos rasgos del entorno físico incitan al ejercicio”. Dice que las zonas verdes y las calles conectadas entre sí animan a la gente a moverse.

Simoes y Hallal están preparando una evaluación más exhaustiva. Hasta ahora ha recogido datos de más de diez mil personas, comparando estados de salud, niveles de actividad física, diabetes, hipertensión y otros factores. Aunque quedan cosas por analizar, dicen tener pruebas de que el programa no solo mejora la salud de quienes participan, sino que sus efectos se extienden a aquellos que viven en un barrio diferente.

“Estas conclusiones sugieren que crear un gimnasio en una ciudad cualquiera aumentará en primer lugar el nivel de actividad física de los que participan, y después, al cabo de un cierto tiempo, el de la propia ciudad”, dice Hallal. ¿Por qué? “Porque la puesta en funcionamiento de un gimnasio crea un entorno proclive a la actividad física que hace que la gente piense más en el ejercicio, la motiva más, etcétera. La gente que observa las actividades se motiva viéndolas y luego decide unirse, o incluso hacer ejercicio en otro sitio. Al final, unos hablan con otros, sobre todo en las ciudades pequeñas. Y las noticias pronto llegan un montón de gente”.

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Boa Viagem es uno de los distritos más ricos de Recife, si no de todo Brasil. La carretera principal corre entre los altísimos hoteles y la playa de arena blanca. A unos pasos de la arena hay una academia, uno de los escenarios originales diseñados por Silveira allá en los años ochenta. Son las siete de la mañana y a unos cientos de metros, en una zona que antes era uno de los suburbios más pobres de la ciudad, otra academia está en plena actividad. Después de unos ejercicios en la playa, los participantes se quedan en bañador y se dirigen al agua para una sesión de aerobic acuático. Las piscinas naturales formadas por una barrera rocosa a lo largo de esta franja de playa ofrecen protección no solo frente a las olas sino también frente a los tiburones, que amenazan las áreas más ricas carretera adelante. Como señala uno de los estudiantes de doctorado que me enseña el lugar, puede que esta gente sea pobre, pero tiene otros recursos.

¿Podría funcionar en otros sitios esta idea de las academias? Tal vez. Las normas políticas, sociales y culturales tienen una enorme influencia, dice Simoes, y una parte considerable del éxito del programa se debe a su ubicación. Los brasileños, especialmente en el noreste del país, son gente que vive en la calle, con un sentido de comunidad local, dice. Recife es una ciudad donde apenas llueve a lo largo del año, y el modo más común de socializar en Brasil es saliendo a la calle. “En Estados Unidos sueñas con construir la mejor casa del mundo. En Recife, la gente sueña con vivir en el mejor barrio del mundo, con el carnaval y con el fútbol playa”.

Dicho lo cual, el programa de academias ya se ha exportado a San Diego, en Estados Unidos. Allí se ha puesto en marcha en comunidades económicamente desfavorecidas, de mayoría hispana. Se necesitaron más de dos años para adaptar y montar la versión californiana, cuyos resultados se están evaluando ahora.

Más allá de las normas sociales, se advierte un mismo patrón en cuanto a quién tiene más probabilidades de llevar una vida inactiva, dice Simoes. Ya sea en Europa, en África o en cualquier otro sitio, los más activos en su tiempo libre suelen ser jóvenes acomodados. Las academias están llenas de mujeres mayores y con pocos ingresos. El programa es un indicador del cambio, dice.

Pero el futuro de las academias es incierto. Desde el punto de vista político la jurisdicción de las academias ha pasado del Secretariado para la vigilancia de la salud al Departamento de servicios de cuidado primario. Esto significa que Hallal y otros ya no son los principales asesores. “Han alejado el programa de los que lo hicieron posible”, dice. “Estoy muy preocupado. Han tomado muchas decisiones en mi opinión equivocadas”.

Una es un cambio de enfoque. Ahora el espacio ya no se usa solo para hacer ejercicio sino también para dar clases de cocina y para que los chavales jueguen a deportes de equipo. Aunque estas cosas siguen siendo buenas para la comunidad, a Hallal le preocupa que esta ampliación reduzca la inversión de los políticos, que ni sabrán qué es lo que en realidad están pagando, ni podrán valorar su éxito.

Además, el programa se ha estancado: hay abiertos casi 500 gimnasios, pero otros 1.350, ya pagados, están paralizados por cuestiones burocráticas y ni siquiera se han construido. Hay otros 1.122 a medio hacer.

Hallal y su equipo han visitado ochenta de las ciento ochenta ciudades donde se dio el visto bueno a los gimnasios en el estado de Pernambuco. Me enseña en su portátil fotografías de todas las ciudades a las que se prometió su academia pero que aún no la tienen. Algunos de los emplazamientos son solo eriales. Uno parece un pantano. En otra ciudad, con el dinero para el gimnasio hicieron un colegio. En otro, el gimnasio ya está destrozado y cubierto de grafitis.

Hallal tiene aún confianza en el modelo de las clases para hacer ejercicio en un entorno comunitario. “Creo que funciona. Pero el modo en que se está llevando a cabo no es el adecuado”, dice. “Es importante diferenciar. En ciencia, cuando algo no funciona, la gente dice en seguida ‘esto no funciona, vamos a probar otra cosa distinta’. En este caso, no creo que se trate de probar otra cosa. Se trata de hace que funcione el plan original: y el plan original estaba orientado a la actividad física”.

Esto aún podría cambiar con las próximas elecciones generales de octubre. El nuevo gobierno deberá decidir qué ocurre con los gimnasios. “Creo que la idea de la Academia da Saúde está ya tan institucionalizada que no tendría sentido que un nuevo gobierno se olvidara de ella por completo”, dice Hallal. “Pero me encantaría tener un gobierno que le sacara más provecho. El reto aquí no es crear algo nuevo. Es hacer realidad una idea”.