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© Matt Murphy at Handsome Frank

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Frieda Klotz visita la ‘primera feria mundial de cíborgs’ con una duda: ¿esta gente va en serio o no sabe lo que hace?

Lo último que esperaba Michael Bareev-Rudy era acabar con un imán implantado en un dedo. Pero en noviembre de 2005, a sus 18 años, decidió insertar un imán de 3mm x 1mm en su dedo índice durante un evento celebrado en Düsseldorf, Alemania. El público se había congregado para observar cómo un hombre con un elegante traje gris y una mascarilla quirúrgica verde abría con cuidado el dedo del muchacho rubio.

“Después de eso hace un corte con un escalpelo en un lateral del dedo, sí, me hace una hendidura en el dedo”, recuerda Michael un momento después, bastante pálido mientras sonríe nerviosamente a las cámaras que disparan. Tras esterilizar la mesa y dormir el dedo de Michael con anestesia local, “utiliza –no sé muy bien cómo describir esa herramienta-, utiliza algo parecido a un bolígrafo, agudo por un extremo con una cucharilla en la parte superior. Hizo un agujero a través del dedo para introducir el imán y luego intentó colocarlo”. Pero como no era nada fácil deslizar hasta allí el imán, tuvieron que intentarlo seis veces antes de lograrlo.

El dedo de Michael seguía luego dormido, así que el dolor de verdad vendría más adelante. En el interior quedaba un hilo soluble que habría que sacar en un plazo de diez días. Michael había pagado 100 euros por el imán y el implante. “¿Qué quieres que diga?”, se ríe mirándose su nuevo dedo índice. “Estaba allí sentado, pensando ‘¿Por qué lo hago?’ Pero también pensaba que era una oportunidad única, y creo que es genial modificar tu propio cuerpo... Y sí, claro que duele, pero es un precio muy pequeño para lo que consigo a cambio”.

Michael, que estudia Electrónica en Colonia, parece un tipo bastante normal con su camiseta negra estampada con un alien rojo. Y ahí está la cosa: algo que hasta ahora era propiedad de los amantes del piercing y de la gente que no para de retocarse el cuerpo - el implante de tecnología- se está convirtiendo rápidamente en territorio de ingenieros de software, estudiantes y empresarios de la red. Los imanes permiten percibir los campos magnéticos y electromagnéticos; los chips RFID (identificación de radiofrecuencia) o NFC (comunicación de campo cercano, una tecnología afín), encapsulados en vidrio biocompatible, pueden programarse para estar en comunicación con teléfonos Android y otros dispositivos compatibles, lo que permite a los usuarios desbloquear sus teléfonos, abrir puertas, encender y apagar luces o incluso comprar una cerveza con solo mover –literalmente- una mano. Los dispositivos conectados a la red son una mina de oro para experimentar nuevas cosas. Los expertos predicen que para 2020 habrá 25.000 millones de objetos conectados, y este aumento vertiginoso hace muy atractivo el implante de tecnología, con todas sus aplicaciones. A los que llevan esos implantes los llamamos cíborgs. Y el evento de Düsseldorf fue bautizado como ‘Ciencia + Ficción: La primera mundial de cíborgs’.

‘Cíborg’ es una palabra llena de resonancias, muy llamativa, que remite a las novelas de ciencia ficción y a Hollywood, y hay polémica sobre si es o no el término adecuado para este tipo de actividades. Algunos especialistas amplían la definición para incluir a cualquiera que utilice dispositivos artificiales, como pantallas de ordenador o iPhones. Otros prefieren constreñirla. Ya en 2003, en un artículo titulado ‘La moral del cíborg, los valores del cíborg, la ética del cíborg’, Kevin Warwick, un profesor pionero del movimiento cíborg en el ámbito académico, los describía como aquellas entidades formadas por “la unión de un humano y un sistema nervioso/cerebral mecánico”, básicamente “un humano cuyo sistema nervioso está conectado a un ordenador”.

El propio Warwick estableció, con asistencia médica, una unión así en 2002, al hacerse insertar un dispositivo en el brazo que se conectaba a una parte de su sistema nervioso, de modo que podía enviar señales bidireccionalmente, comunicándose con su cerebro y también con internet. En una serie de experimentos, Warwick logró controlar con éxito una silla de ruedas eléctrica y una mano artificial. En un experimento posterior, su mujer, que también estaba conectada a una serie de electrodos incrustados en los nervios de su brazo, logró comunicarse con Warwick: cuando ella cerraba la mano, el cerebro de él recibía una corriente, en lo que describe como “una forma telegráfica muy elemental de comunicación entre nuestros sistemas nerviosos”. De momento casi ningún implante se comunica con el cuerpo humano. Están bajo la piel e interactúan con tecnologías exteriores como móviles y ordenadores. Pero eso podría cambiar.

Los fans de la subcultura cíborg surgen por todas partes, ya sea China, Malasia o el Reino Unido, dice Jowan Österlund, un sueco musculoso, amante del piercing, con una barbita triangular. “Siempre me ha interesado indagar en la ciencia ficción ciberpunk, así que cuando pudimos hacernos con un chip de vidrio biocompatible [es decir, un material pasivo que no provoca ninguna infección en el organismo] que se podía implantar, sólo pasó una semana hasta que nos lo pusimos y empezó a funcionar”, dice. “Desde entonces, hemos estado desarrollando más y más cosas. En los últimos seis meses hemos hecho unos 200 implantes”. Österlund y su colega Hannes Sjöblad (cofundador de BioNyfiken, un grupo con sede en Estocolmo) viajan por el mundo promocionando dispositivos implantables, aunque donde más interés hay en estos momentos, dice, es en Europa.

Implantar un chip RFID es relativamente sencillo: un pequeño objeto de vidrio del tamaño de un grano de arroz que se inyecta en la parte blanda de la mano entre el pulgar y el índice... Tan fácil como extraer sangre. El proceso de implante del imán al que se sometió Michael en la feria cíborg es más invasivo y no está libre de dolor. Ese mismo día, más tarde, un aficionado estuvo a punto de desmayarse y tuvo que tumbarse en el suelo con los pies en alto cuando se le hizo a él un implante.

Tim Cannon es un americano de 36 años que en Twitter se describe como un “Grinder, Biohacker, Programador, Lunático, Fanático, Novio, Padre, Tecnófilo”. Sus vídeos de YouTube reciben un aluvión de comentarios donde se le llama desde “pirado” hasta “pionero” (en su honor, debe decirse que Cannon contesta a muchos de sus críticos). Cannon es un autodidacta que abandonó los estudios en el instituto y que viste camisetas negras, vaqueros y una gorra  también negra, y lleva una barba hirsuta bajo la barbilla. Es una celebridad en el mundo cíborg y da conferencias sobre el tema incluso en eventos corporativos como el World Business Dialogue en Alemania. Es cofundador y principal oficial técnico de Grindhouse Wetware, una compañía biotecnológica de código abierto con sede en Pittsburgh, su ciudad natal, que trata de expandir los límites de los implantes, con el propio Cannon a menudo como conejillo de Indias.

Cyborgs Matt Murphy Final 2

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“El sistema nervioso periférico es un sitio al que vamos a dirigirnos en cosa de un año”, le dijo Cannon al público en Düsseldorf. “Aunque en unos seis meses... En unos seis meses vamos a estar conectando mi sistema nervioso periférico al sistema nervioso de una cucaracha y vamos a permitir que yo controle a la cucaracha... Luego, vamos a tocar el interruptor y vamos a dejar que la cucaracha me controle a mí.” Alineado, dentro de la tradición de la ciencia ciudadana, con los ‘grinder’ –los que piratean el propio cuerpo-, Cannon está dispuesto a correr riesgos. “Somos gente que queremos ver cíborgs tal y como los muestra la ciencia ficción”, dice. “Queremos ver un mundo totalmente integrado y no tenemos por qué esperar a que la tecnología sea algo agradable y divertido y con lo que todo el mundo juegue. Nosotros queremos el progreso a toda costa. Vamos a hacerlo, vamos a por ello”.

Hay en todo esto una tensión conductual, incluso teatral, con la que Cannon y sus colegas parecen disfrutar. El punto culminante del evento de Düsseldorf fue la presentación del Northstar V1, una reciente creación de Grindhouse Wetware. Es un LED rojo situado bajo la piel, justo sobre la muñeca, que se ilumina durante 10 segundos al ser activado (con un lapso tan breve se pretende maximizar la vida de la batería). El dispositivo es una prueba de concepto. Las versiones posteriores podrían registrar información biométrica o reaccionar ante gestos. La versión anterior, Circadia, era mucho más grande, más o menos del tamaño de una pastilla de jabón. Al poco de implantársela en el brazo, Cannon sufrió ataques de pánico, y cuando la batería dejó de funcionar, le quitaron el dispositivo.

Mediante una intervención que hizo parecer un juego de niños el implante de imanes, Österlund insertó el Northstar –tiene el tamaño de un reloj de pulsera- en los antebrazos de Cannon y su amigo Shawn Saber. Durante 15 minutos Österlund se dedicó a hacer una incisión en cada uno de los voluntarios con una delicadeza que no hacía más que subrayar el dolor que les estaba infligiendo. Después, Cannon pasó por entre el grupo de periodistas con la brillante mancha roja en forma de reloj bajo la piel. Admitió que le dolía. “Voy a fumar un cigarro y luego respondo a las preguntas”.

Todo eso apareció luego en internet, con imágenes: este énfasis en la visualización es crucial. Los espectadores pueden ver por sí mismos no sólo cómo funciona el dispositivo sino también que, por doloroso que sea, el implante es más o menos soportable. Son las mismas técnicas que ya utilizara en Grecia el médico Galeno. Cuando cortaba, entre los chillidos del animal, el nervio laríngeo de un cerdo ante el público romano, estaba demostrando que aunque el cerdo continuara debatiéndose, los gritos cesaban al instante. Galeno ejercía en una época en que las cualificaciones médicas como hoy se entienden no existían, y cada médico valía lo que valiera su capacidad para convencer al público de sus habilidades.

Los implantes cíborg se llevan a cabo fuera de las clínicas o los hospitales, en paralelo a la experimentación médica normalizada. Hay un claro deseo de atraer la atención del público, lo que explicaría la multitud de periodistas en el acontecimiento de Düsseldorf, casi más que espectadores. Österlund lo tiene claro: “No vamos a trabajar con personas enfermas. Eso es cosa de la industria médica”, explica. “Pero estamos perfeccionando a la gente que goza de buena salud para que pueda predecir cualquier posible enfermedad. El futuro va a ser así, no lo duden”.

Perfeccionarse: esa es la idea que distingue los implantes cíborg de otros con fines médicos o de algo tan común como tener que llevar gafas. No se trata de sanar o de corregir sino de potenciar los sentidos humanos más allá de lo establecido. A pesar de lo que separa los implantes cíborg de la medicina clínica, Cannon cree que podría haber una colaboración fructífera. “Creo que la gente que se mueve en un ambiente académico tiene demasiados recelos”, dice. “Y la consecuencia de que la medicina sea lo único con lo que se permite experimentar es que tenemos las manos atadas y se ha obstaculizado la investigación científica durante demasiado tiempo. Bueno, nosotros hablamos de participar en estos experimentos aun sin tener problemas de salud e investigar hasta dónde puede llegarse. Esto nos permite movernos con una celeridad que la medicina, tal y como la conocemos, no puede permitirse”.

Y lo cierto es que esa ambición no ha pasado desapercibida entre los académicos. Kevin Warwick –que llevó a cabo su trabajo, igual que sus estudiantes, bajo el auspicio de diferentes comités de ética universitarios- dice que aprendió mucho de lo que ocurría más allá de las instituciones. “Tengo un gran respeto por lo que hacen. Se la juegan y creo que muchos de ellos han hecho una gran contribución en este ámbito, ayudándonos con su labor. Nos hemos beneficiado de sus experiencias, a medida que las conocíamos”, dice. “No tiene sentido seguir una línea de trabajo cuando alguien antes que tú ya la ha seguido y ha informado de que no funciona bien”.

Desde el punto de vista legal el mundo de los implantes cíborg es una nebulosa, ni regulado ni prohibido por ley. En el Reino Unido, dado que los dispositivos no tienen un valor terapéutico, los doctores que realizan implantes se exponen a sanciones legales. Lo afirma una médica de cabecera, la doctora Zoe Norris, que dice que la mayoría de los médicos entenderían las intervenciones como algo puramente cosmético y, en consecuencia, más adecuadas para sus colegas de cirugía plástica. Un portavoz de la Asociación Británica de Cirujanos Plásticos afirma que la organización no es consciente de la existencia de ninguna cirujía plástica en la que se implanten ese tipo de dispositivos. Los enfermeros y los técnicos, dice, tendrían el instrumental necesario para realizar intervenciones como esas, bastante sencillas, y sólo haría falta un cirujano en el caso de implantes de dispositivos más grandes. Así que este tipo de intervenciones está en manos de los artistas del tatuaje y las modificaciones corporales o, como  en un caso del que oí hablar, de los veterinarios (el hombre del traje gris que implantó en la feria el imán a Michael era un tatuador). La Casa de los Comunes británica ha elaborado un documento que establece los reglamentos, el asesoramiento sanitario, los derechos del consumidor y la preparación necesaria en relación con los tatuajes y los piercings –sin mencionar los implantes de chips e imanes-. Las directrices señalan que “en contra de lo que se cree, no se exige una cualificación formal mínima a los tatuadores y piercers”.

Pero aquellos que se hacen implantes hablan con respeto de los expertos con los que han trabajado. Ian Harrison, por ejemplo, que además hizo su tesis sobre los implantes magnéticos, habla de “un artista magistral de la modificación corporal llamado Mr. M. McCarthy, más conocido por su nombre de guerra, el doctor Evil”, que puso sendos imanes en los dedos corazón e índice de la mano izquierda de Harrison.

Nada puede impedir que una persona se haga un implante, incluso a sí misma, aunque la sociedad está en contra de estas prácticas. También está la pequeña cuestión de los analgésicos. En el Reino Unido pueden comprarse cremas anestésicas en la farmacia, pero los anestésicos locales más potentes sólo se venden con receta. Dangerous Things [Cosas Peligrosas], una compañía biotecnológica dedicada a la venta online de herramientas para piratear el cuerpo, ofrece entre otros productos un kit para el dolor que incluye lidocaína, un aplicador antiséptico, una aguja hipodérmica, una jeringuilla y unos guantes no de látex. La venta de algunos de estos productos no está autorizada en todas partes.

No hay nada experimental en ponerte un chip RFID en la mano, dice Hannes Sjöblad. Además de trabajar en BioNyfiken, Sjöblad es Chief Disruption Officer en Epicenter, una empresa miembro del Tech Hub Network de Google. Epicenter salió en las noticias cuando se supo que sus trabajadores podían abrir las puertas mediante los chips RFID que llevaban en las manos.

Sjöblad señala que llevamos años procediendo así con animales: es un chip RFID lo que permite que una gatera electrónica, por ejemplo, reconozca a un gatito. No hay ningún riesgo. Ve, en el futuro, un uso provechoso y prosaico de los implantes RFID, como por ejemplo la personalización de un cepillo de dientes eléctrico para que tu novia no lo coja por accidente. También tienen un potencial médico: en Japón ya existen baños que comprueban tu presión sanguínea, el índice de masa corporal y los niveles de glucosa a partir de un análisis de orina. Si el baño lo usara más de una persona, a la larga se haría complicada la monitorización, pero si todo el mundo tiene un chip RFID en la mano, el baño podría reconocer a cada uno cada vez que se tirara de la cadena, y los registros serían más precisos.

Sjöblad habla con una emoción infantil, vestido con traje y corbata, como el resto de participantes europeos en el evento de Düsseldorf (los cíborgs americanos prefieren las camisetas negras y los vaqueros). Estudió ciencias naturales y negocios, y trabajó como consultor gerente y en la industria financiera antes de convertirse en lo que describe como un “biohacker a tiempo completo”. Cree que el mundo cíborg tiene una mala prensa injustificada. Durante décadas, las películas de ciencia ficción han estado contando historias de robots fuera de control que intentan acabar con los humanos, dice.

“Por desgracia, Hollywood nos cuenta historias tipo The Matrix y Minority Report. Y la gente tiene ahora la idea de que todo esto es malo. Pero en el mundo real, no lo es”. Cannon reclama una mayor cultura científica para que el diálogo sea más fluido. “En donde yo nací, la gente aún cuestiona el cambio climático”, dice. “La gente todavía se pregunta si Jesús va a venir a salvarnos del sol. Es un gran problema, porque si no tienes un público con una cierta cultura científica, no puedes mantener una conversación seria sobre cómo progresar en el mundo”.

Cyborgs Matt Murphy Final 3

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Puede que te digas: ¿y? Un iPhone puede hacer lo mismo que un chip implantado. Con un smartwatch, por ejemplo, puedes responder el móvil a distancia y –quizá esto sea lo más importante- te lo puedes quitar si ya no te apetece llevarlo puesto.

Warwick sostiene que los implantes tienen un impacto filosófico en la persona que los lleva y uno los siente de un modo distinto a los dispositivos comunes. Afirma que, aunque la diferencia entre usar dispositivos externos y llevarlos implantados en el cuerpo no es mucha, desde el punto de vista psicológico es muy significativa. “Puedes preguntarle a quien quieras: cualquiera que lleve un implante, ya sea una cadera artificial o una cóclea o lo que sea, lo considera parte de sí mismo. Es parte de ellos, está en su cuerpo, mientras que si es externo, eso no ocurre”, dice. “Cuando llevas un implante y el edificio, o lo que sea, hace algo por ti, lo hace por ti y no porque tengas una tarjeta que pasas por algún sitio”.

Para muchos cíborgs se trata de ser prácticos: la idea de vivir una vida sin costuras, en la que puedas entrar en casa con solo mover la mano, sin necesidad de buscar tus llaves, o de que pueda bastar un gesto para comprar un café, en lugar de tener que buscar suelto en el bolso. Una vez implantados, estos dispositivos no pueden perderse y no dan problemas (aunque están expuestos a virus). “Hoy por hoy los ordenadores son artilugios externos, aparatosos, que tenemos en el escritorio o llevamos con nosotros”, dice Hannes Sjöblad por mail. “¿Qué ocurriría si fueran tan intuitivos y estuvieran tan integrados en nuestro sistema como los riñones? Esto puede hacerse, como se observa en la imparable miniaturización de la tecnología”.

Compara la experiencia de tener un par de riñones en perfecto estado con la de tener que someterse a diálisis” (las cursivas son de Sjöblad). Su curiosa metáfora biológica invierte la percepción convencional que tenemos del cuerpo. La tecnología es un componente natural, incluso deseable, del cuerpo, más que un objeto extraño con un uso terapéutico temporal. Esta operación establece una nueva frontera en la visión de Sjöblad, “un viaje apasionante por el descubrimiento”.

Para Jack Halberstam, profesor de estudios americanos y de estudios de etnia y de género en la Universidad del Sur de California, que dio en 2015 una conferencia en Berlín sobre cíborgs y transhumanismo, este tipo de dispositivos representan “un fetichismo en torno a la tecnología del implante con un aire a Star Trek: en realidad, no exceden en mucho la utilidad de una prótesis”. Halberstam sostiene que, de hecho, no hay mucha novedad en implantar tecnología en el brazo o en la mano, y dice que se está haciendo un trabajo mucho más interesante en el ámbito de la ingeniería de tejidos. “La gente ya tiene cosas implantadas en el cuerpo. La gente tiene varas en las rodillas, ligamentos artificiales, marcapasos, chips y otras cosas en el cerebro... La gente está tan parcheada, desde el punto de vista quirúrgico, que somos como una raza de Frankensteins. Y si nunca te han implantado nada, te lo implantas tú mismo, mediante pastillas y medicamentos y estimulantes y tranquilizantes”. Cita a la feminista y periodista Donna Haraway, que en 1985, en un influyente ensayo titulado ‘Un manifiesto cíborg’, llevó las cosas aún más lejos al decir que a medida que la tecnología se infiltra en nuestra vida diaria o se entrelaza con ella, “todos nos convertimos en  un híbrido de máquina y organismo. En resumen, somos cíborgs”.

Una influencia en la subcultura cíborg es el transhumanismo, un movimiento que cree que los avances tecnológicos nos permitirán trascendernos, perfeccionando nuestras habilidades y, seguramente, alargando la vida. No todos los cíborgs tienen por qué estar de acuerdo con esta idea. Pero Cannon se describe como un transhumanista práctico (el adjetivo es importante), dispuesto a ampliar las fronteras de la experiencia humana con el objetivo de alargar la vida humana indefinidamente a medida que los humanos se conviertan por completo en seres no biológicos. Los cíborgs vendrían a ser una fase de transición.

Cannon tiene una visión optimista del perfeccionamiento del hombre, como parte de una misión para mejorar el cerebro y el cuerpo humanos. En última instancia, sugiere, esto nos haría más éticos, al eliminar de nuestras necesidades ciertos impulsos animales, como la lujuria o la gula, y crearía un mundo más sostenible y más fácil de compartir. Casi nadie se pelearía por la comida y otros recursos (no los necesitaríamos) y  desaparecerían las desigualdades. El hecho de tener cerebros más avanzados haría que los cíborgs fueran más comprensivos con los otros, no menos.

Todo esto tiene sus detractores. Halberstam teme que, como ocurre con otros avances científicos y médicos sólo al alcance de unos pocos, el mundo cíborg subraye las desigualdades y plantee dudas sobre la distribución de recursos. “Es como, ‘Ooh, ¿cómo perfeccionamos la encarnación humana, la hacemos más fuerte y mejor y más longeva y resistente?’, etcétera, dice, “sin plantearnos problemas como la superpoblación: ¿qué cuerpos mejoran? ¿Quién recibe el soporte de las prótesis? ¿Quién no? ¿A quién se le condena a ser de carne y hueso en vez de convertirlo en un cíborg? ¿Cómo encajan todas estas cuestiones en el entramado eugenésico, donde algunas personas merecen una vida y un cuerpo perfeccionados y otras no?”

Warwick habla de un futuro en el que los cíborgs –con chips en sus mentes que les confieren una mayor capacidad para procesar datos, por ejemplo- verán a los seres humanos ordinarios como seres inferiores, tal y como nosotros vemos ahora a los chimpancés o a las vacas. “Los humanos podrían convertirse en una subespecie”, dice en un vídeo de YouTube. “Los cíborgs –en parte humanos y en parte humanos perfeccionados- serán intelectualmente superiores en muchos aspectos, eso está claro”. Cannon observa también: “Creo que habría algunos problemas con la gente que decidiera no someterse a ese perfeccionamiento, gente que tendría que hacer frente a su creciente irrelevancia. Creo que eso sería muy difícil”.

También hay terreno para el debate en la premisa de que nuestros cuerpos humanos, tan sofisticados, son entidades inadecuadas, mal diseñadas, propensas a engañarnos, a nosotros, sus dueños, tal y como afirma Cannon: “Muchas veces nuestros cuerpos, nuestros cerebros, nos mienten”, le dijo al público en Düsseldorf. Nuestros cerebros no nos dicen cuándo estamos estresados. Así que volvemos a casa después de un día agotador en la oficina, nos peleamos con nuestra pareja, le echamos en cara esto y lo otro, y no tenemos ni idea de dónde ha salido todo eso porque el cerebro no siempre te dice toda la verdad. “En cambio, los datos no mienten”.

Si la información es el oro del siglo XXI, no parece fácil impedir que las corporaciones se hagan con ella. Cuanto más personal es la información que creamos –especialmente si los dispositivos en nuestros cuerpos envían datos sobre nuestra salud a un teléfono o a la red- más valor tendrá para los anunciantes y otros negocios. Patrick Kramer, que trabaja en IBM por el día y en su tiempo libre dirige Digiwell, una compañía que suministra a Europa dispositivos portátiles y conectados, dice que las compañías de seguros podrían ofrecer tarifas ventajosas a clientes que hagan ejercicio o se abstengan del alcohol, usando para ello información excepcionalmente íntima de los baños inteligentes programados para enviar alertas sobre malos hábitos (se rumorea que algunos seguros en Japón ya lo están haciendo). “La información es lucrativa”, dice Kramer. Con un numero estimado de entre 4 y 6 millones de cámaras de vigilancia en el Reino Unido, estamos más que vigilados. “Pensar que la información está protegida es engañarse, si quieres saber mi opinión”.

Y eso es lo que me inquieta. Si voy a insertarme un cuerpo extraño de modo permanente, necesito que me aporte algo más que una novedad o una cierta ventaja; el argumento de que voy a acceder más rápido a un paso subterráneo no es suficiente. Debe aportar algo útil, como el seguimiento y el registro de mi información biológica y su envío a mi médico. Y necesito confiar en que la información está protegida y fuera del alcance del gobierno, los piratas y las corporaciones, saber que no es una extensión de la considerable capacidad que ya tienen de seguir cada paso que doy.

Gran parte del optimismo sobre el futuro del biohacking y el mundo cíborg se apoya en ideales. “No recibimos dinero de las grandes empresa ni financiación del gobierno”, señala Sjöblad. “Queremos ser una fuerza independiente”. Los proyectos son una fuente abierta, y las herramientas funcionan en el sistema operativo Android. En Düsseldorf, Sjöblad animó a la audiencia a reclamar sus propios datos. “Somos ciudadanos y usuarios, nuestras personas físicas deberían reclamar a nuestras personas digitales, de forma que los anunciantes y otras empresas no supieran tantas cosas de nosotros”.

Le pregunto a Sjöblad qué se necesita para popularizar estos dispositivos. Dos conceptos, dice: relevancia y usabilidad. “Creo que andar en transporte público con la ayuda de un chip implantado será una de esas cosas que haga atractiva esta tecnología para más gente”, sugiere. Pero añade que, desde el punto de vista comercial, la gran oportunidad está en la atención sanitaria, porque estas tecnologías nos permitirán medir y monitorizar la información corporal. “Dentro de dos generaciones la gente se preguntará cómo podíamos vivir sin esta tecnología”, me dice vía email.

Las tecnologías médicas menos costosas están permitiendo progresos similares a los que se conocieron durante la revolución informática de los setenta, dice Sjöblad. Sitúa los implantes tecnológicos en la misma línea de los teléfonos móviles. En los ochenta ya existían, pero eran demasiado voluminosos, y sólo los usaban algunos hombres de negocios o gente que trabajaba en lugares remotos. Si le hubieras preguntado a alguien en 1985, ‘¿Necesita un móvil?’, te hubiera dicho, ‘No, ya tengo un teléfono en casa y hay cabinas por todas partes’. Pero con los años, como es una tecnología que se abarató y se hizo útil, ahora casi todo el mundo la usa.

Aun así, tengo mis dudas. En la feria cíborg no me faltaron ocasiones para implantarme un chip RFID en la mano. Pero aunque no creo que hubiera sido muy doloroso, no me sentí nada tentada. No estoy convencida de la utilidad de ese dispositivo en mi vida diaria. Los avances en la tecnología cíborg los impulsan los miembros de la propia comunidad, y a muchos de ellos, como programadores que son, les divierte personalizar sus dispositivos. Para los que no estamos muy informatizados, las gratificaciones no parecen compensar los riesgos, por pequeños que sean.

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