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© Nadine Redlich

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© Nadine Redlich

La mayor parte de los ciudadanos del mundo habla más de un idioma. ¿Acaso ha evolucionado nuestro cerebro para trabajar en múltiples lenguas? De ser así, se pregunta, Gaia Vince, ¿qué se están perdiendo los que hablan un único idioma?

Dos trabajadores de la construcción charlan amistosamente en una cafetería en el sur de Londres; no dejan de lanzarse palabras el uno al otro. La cubertería baila al son de sus gestos más entusiastas y, de cuando en cuando, los dos rompen a reír sin complejos. Están hablando de una mujer, eso está claro, pero los detalles se me escapan. Es una lástima, porque su conversación parece divertida e interesante, especialmente para alguien tan cotilla como yo. Pero claro, yo no hablo su idioma.

La curiosidad me vence y les interrumpo para preguntarles en qué idioma están hablando. Ambos sonríen amigablemente y responden con soltura en inglés, me explican que son sudafricanos y que hablaban en xhosa. Theo Morris, uno de ellos, me explica que en Johannesburgo, lugar del que proceden, la mayoría de la gente habla un mínimo de cinco idiomas. El idioma nativo de la madre de Theo, por ejemplo, es el sotho y el de su padre es el zulú. Aprendió ndelebe y xhosa entre amigos y vecinos, y en el colegio le enseñaron inglés y afrikáans. "Pasé por Alemania antes de llegar aquí, así que también hablo alemán", añade.

¿Fue fácil aprender tantos idiomas?

"Sí, es lo normal", se ríe.

Y tiene razón. Más de la mitad de los ciudadanos del mundo (entre un 60 y un 75% según estimaciones) habla al menos dos idiomas. Muchos países tienen más de un idioma oficial (Sudáfrica tiene 11). Con cada vez mayor frecuencia se espera de todos nosotros que hablemos, leamos y escribamos en al menos uno de los "superidiomas" del mundo; en inglés, chino, hindi, español o árabe. Ser monolingüe, como lo son muchos angloparlantes nativos, significa formar parte de una minoría que, además, podría estar perdiéndose algo importante.

El multilingüismo ha demostrado tener muchas ventajas psicológicas, sociales y de estilo de vida. Además, según los investigadores, hablar más de un idioma reporta toda una serie de beneficios para la salud, como recuperaciones más rápidas tras una apoplejía o retrasos en la manifestación de la demencia.

¿Es posible que nuestro cerebro haya evolucionado para ser plurilingüe y que los que no hablan más de un idioma no estén disfrutando de todo su potencial? Hoy en día el mundo pierde idiomas más rápido que nunca; desaparece uno cada quince días. Si no hacemos algo habremos perdido la mitad de nuestras lenguas para finales de siglo. ¿Qué ocurrirá si la diversidad idiomática desaparece y acabamos la mayoría hablando un único idioma?

Estoy sentada frente a un ordenador en un laboratorio, mirando fotos de copos de nieve. Tengo unos auriculares puestos. Escucho la descripción de uno de cada dos copos que aparece en la pantalla. Todo lo que tengo que hacer es decidir de qué copo de nieve se está hablando. La única pega es que las descripciones están en un idioma inventado llamado Syntaflake.

Forma parte de un experimento de Panos Athanasopoulos, un griego exuberante, apasionado por los idiomas. Athanasopoulos es profesor de psicolingüística y cognición bilingüe en la universidad de Lancaster, a la vanguardia de una nueva ola de investigaciones sobre la mente bilingüe. Su laboratorio, como no podía ser menos, es un Babel de nacionalidades e idiomas, aunque ninguno se ha criado hablando Syntaflake.

El ejercicio es muy extraño y terriblemente complicado. Lo normal, cuando se interactúa con un idioma extranjero, es buscar pistas que puedan ayudarnos a descifrar el significado. El narrador podría señalar al copo del que habla, usar las manos para imitar su forma o llevar la cuenta con los dedos, por poner un ejemplo. Pero aquí no hay pistas, y como además se trata de un idioma inventado, ni siquiera puedo fiarme de las similitudes que pudiera tener con los idiomas que conozco.

Aún así, al rato, empiezo a sentir un patrón que podría estar emergiendo de la sintaxis y el sonido. Decido ponerme matemática y saco lápiz y papel para trazar las reglas que pudieran surgir, decidida a no fracasar en la prueba.

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Por alguna razón todo esto me recuerda a la vez en que llegué a una ciudad rural, cerca de Pekín, y me vi obligada a hacerme entender en un idioma que era incapaz de hablar o escribir, entre personas para quienes mi inglés era igual de alienígena. Pero incluso entonces hubo pistas... Ahora, sin interacción humana, las normas que rigen los sonidos que escucho se me escapan. No me queda más remedio, al final de la sesión, que admitir mi derrota.

Athanasopoulos y yo charlamos mientras su equipo analiza mi rendimiento.

Deprimida, le cuento mis problemas para descifrar la lengua, a pesar del esfuerzo. Pero es justo ahí donde parece que me he equivocado: "La gente que mejores resultados obtiene es aquella a la que menos le importa la tarea y hace lo posible por terminar cuanto antes. Los estudiantes y el personal docente, al intentar descifrarlo y detectar un patrón, siempre lo hacen peor", asegura.

"Es imposible descifrar las reglas del idioma y sacarle sentido dentro del tiempo asignado. Pero el cerebro sí está preparado para descifrarlo de manera subconsciente. Por eso, cuanto menos lo pienses, mejor saldrá tu prueba; los niños son los que mejor lo hacen".

Se cree que las primeras palabras jamás pronunciadas se pudieron decir hará unos 250.000 años, tan pronto nuestros ancestros se pusieron a dos patas y libraron a su caja torácica de las más pesadas cargas. Esto permitió afinar el control de la respiración y el desarrollo del tono. Una vez los humanos se hicieron con su primer idioma, no tardaron en desarrollar muchos más.

La evolución del idioma puede compararse con la evolución biológica, mientras que la modificación genética es impulsada por la presión ambiental, los idiomas cambian y se desarrollan por presión social. Con el paso del tiempo, los diferentes grupos de humanos primitivos se habrían ido encontrando, cada uno con su propio idioma. Para comunicarse con otros grupos, por comercio, viajes, etc., hubiera sido necesario que algunos de los miembros de una familia o grupo hablaran otras lenguas.

Podemos hacernos una idea lo extendido que pudo llegar a estar el multilingüismo si nos fijamos en los pocos pueblos cazadores-recolectores que aún sobreviven hoy. "Si observamos a los cazadores-recolectores actuales son casi todos plurilingües", asegura Thomas Bak, un neurólogo cognitivo que investiga las ciencias del lenguaje en la Universidad de Edimburgo. "Nadie debe casarse con un miembro de su propia tribu o clan para tener hijos; hacerlo sería tabú. Así que todos los niños tienen padres que hablan idiomas diferentes".

En la Australia aborigen, donde todavía existen más de 130 lenguas indígenas, el multilingüismo forma parte del paisaje. "Puedes ir paseando mientras charlas con alguien, de repente cruzáis un riachuelo y tu compañero se pone a hablar en otro idioma", cuenta Bak. "La gente habla el idioma de la tierra". No es el único lugar donde ocurre. "Piensa en Bélgica: sales en tren de Lieja, y los anuncios empiezan en francés. Luego, atraviesas Lovaina, donde los anuncios empezarían en holandés. Más tarde, en Bruselas, el francés vuelve a ponerse en cabeza".

La relación entre cultura y geografía es la razón por la que Athanasopoulos se inventó un idioma nuevo para su prueba de los copos de nieve. En parte, su investigación trata de separar el lenguaje de la cultura en la que está enraizado, explica.

El vínculo entre idioma e identidad es tan fuerte que lo convierte en un asunto tremendamente político. El surgimiento de los estados-nación europeos y la expansión del imperialismo durante el siglo XIX hizo que hablar en una lengua diferente a la propia se considerase desleal. Fue esto quizás lo que contribuyó a difundir la idea, especialmente en Gran Bretaña y los Estados Unidos, de que una educación bilingüe es perjudicial para la salud de los niños y para la sociedad en general.

Se advertía que los niños bilingües podrían sentirse confundidos entre dos idiomas y que esto afectaría negativamente a su inteligencia y su autoestima, lo que podría derivar en comportamientos "degenerados", provocar el desarrollo de una doble personalidad o incluso esquizofrenia. Esta opinión ha sobrevivido hasta muy recientemente, desmotivando, por ejemplo, que los padres inmigrantes transmitiesen su lengua materna a sus hijos. Todo ello a pesar de un experimento que tuvo lugar en 1962 y que fue ignorado durante décadas. Aquel estudio demostraba que los niños bilingües superaban a los monolingües en las pruebas de inteligencia tanto verbal como no verbal.

A pesar de todo, durante la última década las investigaciones llevadas a cabo por neurólogos, psicólogos y lingüistas, apoyadas por las últimas tecnologías en exploración cerebral, han revelado todo un abanico de beneficios cognitivos para los bilingües. Todo está relacionado con el modo en que nuestra mente, siempre flexible, aprende a hacer varias cosas a la vez.

Pregúntame en inglés cuál es mi comida favorita y me imaginaré en Londres, escogiendo entre los mejores platos que acostumbro a tomar allí. Pero si me lo preguntas en francés me imaginaré en París, y las opciones entre las que voy a elegir van a ser diferentes. De esta manera, una pregunta tremendamente personal tiene diferentes respuestas según el idioma en que se formula. Esta idea, según la que cada idioma que hablamos nos ofrece una nueva personalidad, que actuamos de forma diferente según el idioma en que hablamos, es bastante transcendental.

Athanasopoulos y sus colegas llevan un tiempo estudiando la capacidad del lenguaje para cambiar la perspectiva de la gente. En uno de sus experimentos, los sujetos, ingleses y alemanes nativos, ven vídeos de gente en movimiento: una mujer caminando hacia su coche o un hombre en bicicleta, camino del supermercado. Los angloparlantes tienden a fijarse en la acción y suelen describir la escena como "una mujer camina" o " un hombre monta en bici". Los germanoparlantes, por el contrario, tienen una visión del mundo más holística y no dejarán pasar el objetivo de la acción; dirán (en alemán) "una mujer camina hacia su coche" o "un hombre va al supermercado en bicicleta".

Esto viene determinado en parte por las propias limitaciones del conjunto gramatical disponible, explica Athanasopoulos. En inglés, a diferencia del alemán, existe la terminación "-ing", para describir acciones en curso. Esto hace que un inglés sea menos propenso a asignar objetivos a una acción cuando describe una escena ambigua. Cuando se realizó la misma prueba con sujetos bilingües, lo que determinaba si se decantaban por describir la acción o el objetivo dependía principalmente del país donde se realizaba la prueba. Si la prueba se hacía en Alemania, los sujetos bilingües incluían el objetivo, pero si se hacía en Inglaterra era la acción la que tomaba protagonismo, al margen del idioma en que se formulase la pregunta. Así de enraizados están la cultura y el lenguaje a la hora de construir nuestra visión del mundo.

En la década de los 60, una de las pioneras de la psicolingüística, Susan Ervin-Tripp, realizó pruebas con mujeres bilingües inglés-japonés. Les pidió que acabasen unas frases en cada idioma para descubrir que se terminaban de diferentes maneras según el idioma utilizado. Por ejemplo: "Cuando mis deseos entran en conflicto con los de mi familia..." se completaba en japonés como "vienen tiempos de tristeza" y en inglés, como "yo hago lo que quiero". Otro ejemplo: "Los amigos de verdad deben...", en japonés se completaba con "ayudarnos" y en inglés como "ser sinceros".

Fue por ello que Ervin-Tripp concluyó que el pensamiento humano tiene lugar dentro de los límites del idioma, y que las personas bilingües tiene una mentalidad diferente en cada idioma - una idea extraordinaria que ha sido confirmado por estudios posteriores. Muchos bilingües aseguran sentirse personas diferentes según el idioma en el que hablen.

Estas mentalidades diferenciadas se encuentran en conflicto permanente, ya que el cerebro ha de escoger el idioma más adecuado a cada momento.

En un revelador experimento con su grupo bilingüe inglés-alemán, Athanasopoulos hizo que los sujetos recitasen en voz alta listas numéricas en uno de los dos idiomas. Conseguía así "bloquear" el otro idioma de forma efectiva, y cuando se les mostraban los vídeos de movimiento, las descripciones describían acciones u objetivos según el idioma que hubiera sido bloqueado. Así, cuando se recitaban los números en alemán, las respuestas eran típicamente alemanas y basadas en objetivos. Cuando se cambiaba de idioma a mitad del recitado, la respuesta al vídeo cambiaba con él.

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¿Cómo se explica esto? ¿Existen realmente dos mentes independientes en cada cerebro bilingüe? Averiguarlo es justo el objetivo tras el experimento de los copos de nieve. Aunque yo sigo algo inquieta por lo que mi pobre resultado en la prueba pueda decir de mí, Athanasopoulos me asegura que es similar al de los demás sujetos; por ahora, parece, su teoría está confirmada.

Para evaluar el efecto que pueda haber tenido sobre mi cerebro mi intento de comprender el idioma Syntaflake, realizó un test antes y después de la prueba de los copos. En estos ejercicios "de flanqueo" se muestran patrones de flechas en pantalla y se ha de presionar un botón, a izquierda o derecha, según la dirección marcada por una flecha central. A veces el patrón de flechas resulta confuso, así que al final de la primera tanda estoy agotada de tanto concentrarme y tener los hombros encogidos hasta las orejas. No es una acción cuyo resultado mejore a base de práctica (es más frecuente empeorar en la segunda ronda), pero cuando la vuelvo a hacer tras la prueba de los copos obtengo un resultado significativamente mejor, tal y como Athanasopoulos había predicho.

"Aprender el nuevo idioma ha mejorado tu rendimiento en la segunda vuelta", explica. Por muy aliviada que me sienta de encajar en el rango normal, no puedo evitar encontrar curioso el resultado. ¿A qué podría deberse?

Los ejercicios de flanqueo ponen a prueba nuestra capacidad de resolución de conflictos cognitivos; cuando la mayoría de las flechas apuntaban a la izquierda mi impulso inmediato era apretar el botón izquierdo, pero la acción correcta no sería esa si la flecha central apuntase a la derecha. Tenía que reprimir mis impulsos y acatar las normas. Podemos encontrar otro ejemplo de conflicto cognitivo en la prueba donde el nombre de los colores está escrito en una tinta diferente ("azul" escrito en rojo, por ejemplo). La idea es identificar el color en que está escrita cada palabra, pero resulta complicado porque leemos la palabra mucho más rápido de lo tardamos en identificar el color de las letras. Requiere un considerable esfuerzo mental ignorar el impulso de decir la palabra que no podemos evitar haber leído.

El cortex del cíngulo anterior (CCA) forma parte del "sistema ejecutivo" y es la pieza del cerebro que gestiona este supremo esfuerzo. Se trata de una especie de caja de herramientas de atención mental, localizada en el lóbulo frontal, que nos permite fijar nuestra atención en una tarea al tiempo que bloqueamos información que pudiera interferir con ella. Hace posible que prestemos atención a múltiples tareas, de forma intermitente, sin que nos sintamos confundidos. El sistema ejecutivo es quien nos ordena avanzar ante un semáforo verde o que nos detengamos ante uno rojo. Es el mismo sistema que nos pide que ignoremos el significado de la palabra leída y nos centremos en el color de las letras.

La prueba de los copos de nieve sirvió de entrenamiento a mi CCA de cara al segundo ejercicio de flanqueo, del mismo modo en que hablar más de un idioma parece poner en forma a todo el sistema ejecutivo. Muchos de los estudios realizados durante la última década insisten en que los bilingües superan a los monolingües en toda una gama de tareas cognitivas y sociales, desde pruebas verbales y no verbales hasta la capacidad para comprender a otras personas. Se cree que su mayor empatía podría deberse a un mayor talento de los bilingües para suprimir sus propios sentimientos y creencias para centrarse en los de la otra persona.

"Los bilingües obtienen mucho mejores resultados que los monolingües en estas tareas; son más rápidos y más precisos", confirma Athanasopoulos. Es por ello que pensamos que sus sistemas ejecutivos son diferentes a los de los monolingües".

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De hecho, según el neuropsicólogo cognitivo, Jubin Abutalebi, de la Universidad de San Raffaele en Milán, es posible diferenciar a una persona bilingüe de otra monolingüe con tan solo mirar un escáner de su cerebro. "Los bilingües poseen una cantidad notablemente mayor de materia gris en su cortex del cíngulo anterior porque lo utilizan con mucha mayor frecuencia", asegura. El CCA es como un músculo cognitivo, añade: cuanto más se usa, más fuerte, más grande y más flexible se vuelve.

Los bilingües, al parecer, nunca dejan de ejercitar su control ejecutivo porque sus dos idiomas nunca cesan de competir por su atención. Los estudios imagenológicos del cerebro muestran que cuando una persona bilingüe habla en un idioma, el CCA reprime activamente el impulso de utilizar las palabras y la gramática del resto. Y por si fuera poco su mente evalúa constantemente el momento y la forma en que utilizará el idioma de destino. Por ejemplo, los bilingües rara vez se confunden de idioma, pero son capaces de introducir alguna que otra palabra o frase en un idioma distinto si la persona con la que hablan también la conoce.

"Mi lengua materna es el polaco pero mi esposa es española, así que hablo también español. Como además vivimos en Edimburgo también hablo inglés", cuenta Thomas Bak. "Cuando hablo con mi esposa, en inglés, a veces uso palabras en español pero nunca en polaco. Y cuando hablo con mi suegra, en español, nunca utilizo palabras en inglés por accidente porque sé que no las entendería. No es algo en lo que tenga que pensar, es automático, pero mi sistema ejecutivo trabaja a todo gas para inhibir otros idiomas."

Para los bilingües y su control ejecutivo excepcionalmente fornido, los ejercicios de flanqueo no son más que una versión consciente de lo que su cerebro hace cada día de forma subconsciente; no es de extrañar que se les den tan bien.

Virtudes como una mayor capacidad de concentración, atención y resolución de problemas, una mayor flexibilidad mental y capacidad multitarea pueden resultar, como no, muy útiles en el día a día. Pero quizás ninguna resulte tan emocionante como el efecto que el bilingüismo puede tener sobre el envejecimiento. Justo cuando a la función ejecutiva le llega su hora, aparece el bilingüismo para protegerla de la demencia senil.

La psicolingüista, Ellen Bialystok, hizo el sorprendente hallazgo en la Universidad de York, en Toronto, cuando comparaba el envejecimiento de una población mixta de bilingües y monolingües.

"Los bilingües mostraban los primeros síntomas de Alzheimer entre cuatro y cinco años más tarde que los monolingües con la misma patología", me cuenta.

Ser bilingüe no nos hace inmunes a la demencia, pero sí retrasa su efecto. Entre dos personas cuyos cerebros muestren una progresión similar de la enfermedad, el bilingüe mostrará síntomas unos cinco años más tarde que el monolingüe. Bialystok cree que esto se debe a que el bilingüismo reconfigura el cerebro y mejora su sistema ejecutivo, aumentando sus "reservas cognitivas". Cuando las primeras partes del cerebro empiezan a sucumbir, los bilingües disponen de más materia gris y vías neurales alternativas para compensar los daños.

"Los bilingües ejercitan sus procesadores frontales en tareas que los monolingües desconocen; es así como mejoran y refuerzan los procesadores en su lóbulo frontal. De esta forma son capaces de compensar la degeneración de las partes intermedias de su cerebro", explica Bialystok. No obstante no basta con haber aprendido un poco de francés en la escuela. El efecto depende de la frecuencia con la que uno haga uso de su bilingüismo. "Es mayor cuanto más se usa", asegura, "y no hay un punto de inflexión. Es más bien un continuo".

El bilingüismo también ayuda con las lesiones cerebrales. En un estudio reciente, con 600 supervivientes de apoplejía en la India, Bak descubrió que la recuperación cognitiva es doblemente probable para los bilingües.

Esto sugiere que el bilingüismo ayuda a mantener a la mente en forma. Podría incluso tratarse de una ventaja seleccionada para nuestro cerebro por la propia evolución. Esta idea viene respaldada por la inmensa facilidad con que podemos aprender nuevos idiomas y saltar de uno a otro, y también por la ubicuidad del bilingüismo a lo largo de la historia. Así como hemos de ejercitarnos físicamente para mantener sano un cuerpo que evolucionó para un activo estilo de vida de cazador-recolector, quizás deberíamos empezar a hacer más ejercicios cognitivos con los que mantener nuestra salud mental, especialmente si sólo hablamos un idioma.

Hemos sido testigos en los últimos años de algunas intentos de rebatir los estudios que defienden los beneficios del bilingüismo. Algunos investigadores han fracasado en sus tentativas de replicar los mismos resultados; otros cuestionan los beneficios de la mejora de la función ejecutiva en la vida cotidiana. Bak escribió una contrarréplica a las críticas publicadas, y asegura que ahora existe una abrumadora cantidad de pruebas, de experimentos psicológicos respaldados por estudios imagenológicos, de que los cerebros bilingües y monolingües funcionan de diferente forma. Asegura que los detractores han cometido errores de método en sus experimentos.

Bialystok está de acuerdo, y añade que no es posible determinar si el bilingüismo mejora los resultados escolares de un niño porque existen muchos factores de confusión. Pero, tal y como ella asegura, "ya que en el peor de los casos no habría diferencia alguna - y ningún estudio ha demostrado que dañe al rendimiento - si consideramos los múltiples beneficios sociales y culturales que tiene conocer otro idioma, el bilingüismo debería motivarse siempre". En cuanto al beneficio económico, se estima que un segundo idioma podría suponer unos 128.000 dólares durante un período de 40 años.

El resultado de mi prueba en el laboratorio de Athanasopoulos sugiere que la función cognitiva puede mejorar con tan solo 45 minutos de intentar comprender otro idioma. Su investigación aún no ha terminado, pero otras han podido demostrar que los beneficios del aprendizaje de otro idioma pueden lograrse con rapidez. El problema está en que desaparecen tan pronto como dejan de utilizarse - y lo que es yo, ¡no creo que vuelva a utilizar el idioma inventado de los copos de nieve! Aprender un nuevo idioma no es la única forma de mejorar la función ejecutiva - jugar a videojuegos, aprender a tocar un instrumento musical e incluso algunos juegos de cartas - pero, dado que el lenguaje es algo que utilizamos todo el tiempo, probablemente sea el mejor "ejercitador" de función ejecutiva que existe. Así que, ¿cómo hacemos para poner en práctica este conocimiento?

Una opción es enseñar a los niños en diferentes idiomas. Esto ya es un hecho en muchas partes del mundo: muchos niños en la India, por ejemplo, aprenden a utilizar un idioma distinto al de su pueblo o lengua madre en la escuela. Pero en los países angloparlantes, esto no es tan frecuente. Existe no obstante un creciente movimiento hacia lo que se conoce como inmersión lingüística, un sistema en el que los niños aprenden en otro idioma la mitad del tiempo. El estado de Utah está siendo pionero en esta idea; muchas de sus escuelas ofrecen en la actualidad inmersión en chino mandarín o español.

"Utilizamos un modelo de medio día, empezando temprano con la lengua aprendida y pasando al inglés a mediodía - al día siguiente invertimos el orden porque no todos estamos igual de receptivos a la misma hora", explica Gregg Roberts, quien trabaja con la Oficina de Educación del Estado de Utah y ha defendido la inmersión lingüística en la enseñanza estatal. "Hemos descubierto que los niños obtienen idénticos o en general mejores resultados que sus contrapartes monolingües, independientemente de la asignatura. Se les da mejor concentrarse, prestar atención y muestran mayor autoestima. Cuando uno entiende otro idioma, tiene una mayor comprensión de su propio idioma y cultura. Es beneficioso económica y socialmente. Tenemos que superar nuestra fijación con el monolingüismo".

La inmersión también se prueba ahora en el Reino Unido. En la escuela secundaria Bohunt de Liphook, en Hampshire, el jefe de estudios, Neil Strowger, ha introducido la inmersión en chino en algunas clases.

Visito una clase de arte para niños de 12 años con dos profesores: uno da clase en inglés y el otro en chino. Los niños participan pero están tranquilos, concentrados en el aprendizaje de múltiples ideas. Cuando hablan, a menudo lo hacen en chino - y ver a jóvenes del Reino Unido hablar de Banksy, el famoso grafitero británico, en mandarín, tiene su punto surrealista. Los niños dicen que eligieron el chino porque creyeron que sería "divertido", "interesante" y "útil"- todo muy alejado de las lúgubres clases de francés que yo soporté en la escuela.

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La mayoría de los alumnos en la clase de arte se presentarán a sus exámenes GCSE (el Certificado General de Enseñanza Secundaria) de Chino varios años antes de lo habitual, pero Strowger asegura que el programa ha tenido muchos beneficios más allá de sus notas; mejora la participación y el disfrute de los estudiantes; tienen una mayor conciencia de la existencia de otras culturas que los hace mejores ciudadanos globales; amplia sus horizontes y mejora sus perspectivas de empleo.

¿Y qué pasa con los que ya hemos dejado atrás la escuela? A fin de mantener los beneficios del bilingüismo es necesario utilizar los idiomas. Esto a veces puede resultar complicado, especialmente para las personas mayores que no tienen tantas oportunidades de practicar. Podríamos necesitar clubes de idiomas, donde la gente pueda reunirse para hablar en diferentes lenguas. Bak ha realizado un pequeño estudio piloto con personas mayores que aprenden gaélico en Escocia y ha observado beneficios notables tras sólo una semana. Ahora pretende llevar a cabo un estudio mucho mayor.

Nunca es tarde para aprender otra lengua, y además puede resultar muy gratificante. Alex Rawlings es un inglés, políglota profesional, que habla 15 idiomas: "Cada lengua te brinda una nueva vida, un nuevo matiz de significado", asegura. "¡Es adictivo!"

"La gente dice que es demasiado difícil aprender de adulto. Pero yo diría que es mucho más fácil cumplidos los ocho años. Un bebé tarda tres años en aprender un idioma, pero un adulto lo aprende en tan sólo unos meses".

Tal y como muestran las investigaciones más recientes, es una muy rentable inversión del tiempo. Ser bilingüe podría mantener nuestra mente ejercitada y en forma hasta la vejez, y suponer un gran impacto sobre la forma en que enseñamos a nuestros hijos y tratamos a las personas mayores. Mientras tanto, haríamos bien en hablar, talk, parler, sprechen, beszél, berbicara, en tantos idiomas como nos sea posible.

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